Teófilo envió una mirada ardiente y escrutadora al rostro de Verónica, la cual, por huirla y disimular su turbación, se retiró con el vaso.
—Acércate a mí, Verónica —suplicó Teófilo—. Tengo que hacerte una revelación.
—Ya ha oído al médico, que no le conviene a usted hablar. Estese quietecito y haga por dormir y no pensar en nada. Yo hablaré, si le entretiene, muy bajito para que no le empeore el dolor de cabeza —Verónica no sabía lo que decía.
—Acércate.
—¿Qué me quiere?
—Si yo me hubiera enamorado de ti en lugar de la otra... Si yo me hubiera enamorado de ti... —interrumpiose para toser. Respiró afanosamente y continuó—: Pero es ya tarde. No tengo derecho a saber; pero quiero saber. Tú... ¿me hubieras querido?
Verónica no acertó a responder. Respondieron por ella las lágrimas que asomaron a sus ojos, las cuales Teófilo parecía querer secar con el fuego de los suyos.
—¡Verónica! ¡Verónica!
Verónica había caído acurrucada a los pies de la butaca, y Teófilo le pasaba la mano sobre la abatida cabeza de bravos y abundosos cabellos negros. Hubo un largo silencio.
—Yo también te quiero a ti, Verónica.