Verónica, con la cara oculta entre la manta que cubría las piernas de Teófilo, murmuró:
—Usted no puede dejar de querer a la otra.
—No digas eso. Aquello no era amor. Si volviera a estar sano quizás cayera de nuevo y a pesar de todo en el mismo desorden y locura. Pero ahora soy un alma sin cuerpo, en los umbrales de la eternidad, y veo claro, veo claro, veo claro. Te quiero, Verónica, te quiero.
Verónica estrechaba la mano de Teófilo y apoyaba en ella la mejilla, sin atreverse a besarla. A poco penetró en el aposento doña Juanita, y más tarde Guzmán y también Macías, el actor, el cual, a una distancia prudencial, por temor al contagio, estudiaba la expresión del enfermo, la deformación de sus facciones, sus gestos, ademanes e inflexiones de voz, por si llegaba el caso de representar en escena algún moribundo de granulia, que todo podía ocurrir. Luego se iba a su cuarto y hacía sinnúmero de muecas ante el espejo, repapilándose de antemano con el éxito que había de tener el día que se muriese en escena con arte tan concienzudo, tomado del natural. Como más adecuado observatorio Macías solía apostarse en los ángulos sombríos; aparte de que por nada del mundo se hubiera colocado en las estrías y haces luminosos que pasaban de claro la estancia, con sus infinitas partículas de polvo danzante, que no eran otra cosa que visibles microbios voladores, en opinión de Macías. Después de cinco minutos de tácitos estudios, Macías salió a grabar bien en la memoria la aprendida lección.
Aquella misma tarde la obesa Blanca entregó una carta a Guzmán.
—¿Quién te escribe? —curioseó Teófilo, que había caído en un infantilismo dulce y mimoso al perder la salud.
—Voy a ver. Arsenio Bériz.
Teófilo, volviéndose hacia su madre, refirió quién era Bériz, y cómo, huyendo de Madrid, había encontrado la felicidad.
Guzmán leyó para sí: «Dos palabras, querido Guzmán; dos palabras de hiel. Necesito desahogar con alguno. Perdona que te haya elegido a ti. Seis meses de casado... ¿Tú sabes lo que son seis meses de casado? Y vendiendo abanicos. He pensado en el suicidio. En serio, Alberto. No vayas a creer que mi mujer es mala. ¡Quia! Todo lo contrario. No puede ser mejor, más afectuosa, más empalagosa quiero decir. Y ahora se encuentra en estado. ¡Vaya por Dios! Dirás, ¿por qué el suicidio? Por tedio. Esto no es vivir. Constantemente, con tenacidad de alucinación, me persiguen los recuerdos de aquellos años de vida madrileña. Una temporadilla, muy corta por cierto, se me había embotado la memoria por efecto del incentivo carnal —llámalo amor, si quieres— que me inspiraba mi Petrilla. Acabose aquello, y aquí estoy yo, como Prometeo, encadenado a la roca conyugal, sin dar pie ni mano, y los buitres insaciables del hastío, de la concupiscencia, del ansia de vivir, de todas las pasiones nobles, en suma, desgarrándome la tripa. Comprendo a Heliogábalo, comprendo a César Borgia, comprendo a todos los que han experimentado la sed de lo extraordinario y el desprecio de este bajo animal que llamamos burgués; el tirano, el guerrero, el crapuloso, el libertino. Vivir es exacerbar la sensación de vivir y con ella el anhelo de vivir más. Estoy desesperado. ¡Madrid, mi Madrid fascinador y canallesco! Compadéceme, Arsenio.»
Entretanto, Teófilo decía a doña Juanita: