—¿Se acuerda usted, madre, de una carta que me escribió en que me rogaba: «Vente a Palacios; te casarás con tu prima Lucrecia. Qué vejez tan dichosa me deparabas si te decidieras a escucharme»? ¿Se acuerda usted? Fue en la misma carta en que usted me anunciaba que no me podía enviar la mensualidad porque se le habían marchado los huéspedes, hasta don Remigio, el canónigo; parece mentira —doña Juanita palideció—. Si le hubiera hecho a usted caso... A estas horas estaría ya casado y seríamos todos felices. Pero, no vaya usted a creer, madre; casado, y no con Lucrecia —contempló a Verónica con ojos vagos y diluidos, que no se sabía si estaban vueltos hacia el pasado o hacia el futuro; en todo caso hacia lo imposible—. Ese Bériz, ¡qué suerte la suya! Huyó a tiempo y se salvó. ¿Qué te dice, Alberto? Será venturoso; ha encontrado el paraíso en la tierra. ¿Qué te dice? Léeme la carta.
—¿Para qué? Lo de la otra vez.
—Sí, mejor es que no la leas. No le deseo mal, pero me hace sufrir el ver que yo, torpe y cobardemente, pude gozar también de lo mismo que otros gozan. Y tú, Alberto, ¿cuándo te casas?
En esto entró Travesedo.
—Nunca.
—¿Y tu novia?
—He roto con ella.
—¿Cuándo?
—Hace varios días.
Oír esto Travesedo, tomar a Guzmán de un brazo y sacarlo fuera de la habitación, fue obra de un minuto.