—Sí, cualquiera.

—Y este señor ¿es amigo del Menistro?

—No lo soy. De su hijo Pascual, sí. Por él conocí a Rosa.

—¿Y cómo viene a esta casa sin ser amigo del Menistro?

—Porque esta casa, padre, es mi casa, y no la casa del ministro.

—¿Eh?

—Que esta es mi casa y recibo a quien me da la gana.

—Sí, sí; tienes razón, Rosina. Rosina ye muy guapa ¿verdá, señor poeta?

—Hermosísima —exclamó Teófilo con ímpetu.

Rosina le sonrió.