—Cuando salga al teatro..., ¿verdá?, la gente va a quedar toña.

—Chiflada, quiere decir —explicó Rosina.

—Desde luego —asintió Teófilo, penumbrosamente.

—Rosina, súbeme la anilla.

Y alargó el cigarro a su hija. Esta apartó dos centímetros la sortija del fuego y devolvió el cigarro al padre.

—A mí estropéaseme el cigarro al subir la anilla —explicó el viejo—. Estos cigarros dámelos el Menistro. Diz que son los mejores. Fúmolos porque el Menistro me los da; pero dende que non veo ¿non ye raro? non me sabe a na el tabaco. Tien que ser muy fuerte. Como que non sé si arde o non arde si no pongo al lao los deos... Uno cree que pierde la vista solo, ¿eh?; pues piérdense tantas cosas con ella...

Sonó el timbre de la puerta.

—Padre, debe de ser Rufino. Ea, a pasear, que hoy hace un día muy guapo.

Era Rufino, el criado. El ciego salió con él y quedaron a solas Teófilo y Rosina.

VIII