«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero ignoraban lo que iba a ocurrir.

Rosina había entrado con toda su alma en esta aventura, prometiéndose deleites de un linaje desconocido, elevados deleites, porque no era carnal sino voluptuosa. Durante el almuerzo se había preguntado repetidas veces: «¿Le quiero?» La respuesta sucedíase siempre en afirmación. Y ya en los umbrales del misterioso trance, cerraba los ojos y humillaba el espíritu ante el nuevo yugo, ansiando sentir cuanto más pronto su contacto y con él el término de aquella congoja. «¿Qué va a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera lo de todos?» Lo de todos era tomarla, gustarla y poseerla, con más o menos fruición, y después dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo la avalorase de nuevo. Y se le desparramaba en el paladar un gusto amargo, astringente. Permaneció con los ojos gachos.

También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era más profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de hacer o decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios, había subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había desertado y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y más tarde, a la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes indicios de amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que no eran sino meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles artificios de cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del amor. El vértigo se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo de sangre anémica, color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante martirio, salir huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra, pero no pudo. La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra, el corazón desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en tierra de rodillas y llorando; desplomó la cabeza sobre el regazo de Rosina, le asió de las manos y se las cubría de besos.

Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque y a pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes: la una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había salido de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es posible que existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades se fundieron en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del ánimo. Rosina estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a sollozos y que por sollozos tomó Pajares.

A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente.

Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos, enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro de hierro inquebrantable.

Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida aísla.

Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física o concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de beberle el alma, de conocer toda su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia el presente y trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura a su propio corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por la mujer como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero en este otro linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes de reciedumbre duradera. Como buen español, amaba de la manera más espiritual, que es lo que vulgarmente se dice de una manera brutal, y apenas había besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla suya, le invadía el furor de los celos retrospectivos.

—Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo —exigía Pajares, paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores.

Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos, como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con tanto mimo y regalo como a una yegua pursang; su vuelta a Madrid y la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante, lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco chinchorrero.