[1] Tinieblas en las cumbres. Novela.

Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar, cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez; y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente, que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega, el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda, placentera e inefable sensación de libertad.

Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos», pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada hablaban a gritos.

—¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! —decía Conchita.

—Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas... —replicaba el visitante.

—No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.

—Pues entro a ver a Rosina.

—Vaya; pues no faltaba otra cosa...

—Conchita, que te doy dos azotes... —y el visitante reía a carcajadas.

—A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.