Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:
—¿Qué ocurre?
—Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará, porque ese cuando dice allá voy...
—No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.
—Pero ¿tú conoces a Angelón? —preguntó Rosina, algo asombrada, ante la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la fortaleza de uno y la flaqueza del otro.
—Sí, le conozco —y revelaba una energía latente capaz de consumar hechos increíbles.
—Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No nos cansará mucho tiempo.
Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita; abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa, con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias, colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad. Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí; asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló:
—Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita —y luego, dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó—: Está bien la cucañera chiquilla.
Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de risa, murmuró: