—A usté hay que dejarlo o emplumarlo.
—Lo mismo digo, Conchita —respondió Angelón, colocando a Conchita en tierra. La muchacha huyó avergonzada.
Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.
—Entonces, ¿no está don Sabas?
—No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.
—Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?
—Bien o mal, me parece que no es para ti.
—¡Quién sabe! ¿Tiene novio?
—Sí, un encuadernador.
—Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya —se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos—, también los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como Rosina, no está mal, ¿verdá neña?