Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:
—¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que le recomiendo a don Sabas?
—¿Quién?
—Echa a ver.
—Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.
—Y tuyo.
—¿Mármol?
—No, Alberto.
—¿Qué Alberto? —inquirió aquí Teófilo—. ¿Díaz de Guzmán?
—Sí, el mismo —respondió Ríos—. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa?