—Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora?

—Estos días parece que anda algo malucho.

Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.

—Neña, qué pez tan apetitoso —exclamó Ríos, contemplando el pez color de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la bola de vidrio.

—¿Quién, Platón?

—Digo este pez.

—Sí, Platón.

—¿Cómo Platón?

—Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...

—Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me parece suculento.