—Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo.
—No lo presumo...
—¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes con él?
—Pero, hombre, ¿qué te importa?
—¿Eh?
Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello con los brazos.
—No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa, porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes. Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!, luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él, Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la cárcel. Es una historia ridícula.
—¿Y nada más?
—Nada más, hombre.
Le besó en los ojos.