—Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.
—¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.
—Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...
Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.
Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus piernas.
—¿Y qué soy yo sino una cocota?
—Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.
—Sí, sí; pero, ¿cómo?
—¿Cómo?
Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con arrebato.