—Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre. Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el otro.
«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera recordar qué era ello.
—Por lo pronto —añadió Pajares—, hay que romper con don Sabas.
—Sí, sí —contestó Rosina sin convicción.
—Hoy mismo —determinó Teófilo.
—Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así de repente.
—Hoy mismo —repitió Teófilo.
—No seas cruel —Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e implorante—. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco... Ten compasión de mí.
Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:
—Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él, ¿qué tal? —y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba los labios.