—¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él! ¡Qué felices, qué felices vamos a ser! —continuó prodigándole blandas, enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.

Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el afrodisiaco superlativo.»

—¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo; sí, en El Escorial. ¡Di algo!

—Sí, Rosa; tienes razón.

—¿De veras te parece bien?

—Sí, mujer.

—¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?

—Sí, te haré versos —asintió Teófilo sonriendo con amargura.

—Y luego los publicas en Los Lunes. Calla; pues resulta que el viajecito te va a dar dinero... —poniéndose en pie Rosina palmoteaba como niño rico ante el escaparate de una confitería.

«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario, además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta. «¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente, y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes, botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan donde menos se piensa.