Entró Conchita, desvariada, empavorecida.

—¿Qué ocurre? —interrogó Rosina, contagiada del pavor de la doncella—. ¿Algo de Rosa Fernanda?

Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a materializarse y abrió aleladamente los ojos.

—Que, que —rompió a explicar Conchita temblando—, que... don Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la puerta del piso.

—¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!...

Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.

—¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! —De los arrestos bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto, Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al ministro.

Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había tranquilizado. Ordenó a la doncella:

—Vete a abrir y que pase aquí como siempre. —Salió Conchita. Rosina imploró—: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo que está de visita.

Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo así como terror atávico.