—No es cosa de la edad. Desde niño he sido friolero. No puedo vivir sin calor; necesito toda especie de calor, calor en el cuerpo y calor de afecto en el alma —su afirmación contrastaba con la frialdad del tono en que la hacía y con la indiferencia de la sonrisa—. Me consentirás que no me quite el gabán.

—Claro, hombre. Pues no faltaba otra cosa.

Se sentó y se restregó las manos. Echábase de ver al punto que era hombre público por la carátula que llevaba puesta, ocultándole la verdadera y móvil expresión del rostro: esa carátula social de las personas que han vivido muchos años ante los ojos de la muchedumbre, carátula que tiene vida propia, pero vida escénica, y tiende a tipificar con visibles rasgos fisionómicos el ideal y singulares aspiraciones del individuo, de manera que facilita la labor del caricaturista, porque la carátula tiene ya bastante de caricatura. Lo típico en el semblante social de don Sabas era el escepticismo y cierta afabilidad protectora que él reputaba como la más cabal realización expresiva del magnificum cum comitate o dignidad benévola de Séneca. Su voz era más que recia, tonante, e incompatible con el aire de duda que cuidaba de imprimir a sus dichos. En su perfil dominaba la vertical, como en el de las cabras, y de hecho, a primera vista, con su faz alongada y huesuda, sus barbas temblantes, saledizas y demasiado lóbregas por la virtud del tinte, sus ojos oscuros y distraídos y el despacioso movimiento de la mandíbula, según daba mesurado curso a la densidad del vozarrón, hacía pensar en una cabra negra, rumiando beatíficamente un pasto abundoso y graso.

Rosina estaba sentada de espaldas al perchero; don Sabas, cara a Rosina.

—Estoy cansado, Pitusa.

—¿Has trabajado mucho hoy?

—¿Trabajar? Qué inocentes eres, Pitusa. ¿Tú crees que le hacen a uno ministro para trabajar? ¿Te figuras de veras que los ministros servimos para algo, que el Gobierno sirve para algo? ¿Sabes qué papel hace el Gobierno en una nación? El mismo que hace la corbata en el traje masculino. ¿Para qué sirve la corbata? ¿Qué fin cumple o qué necesidad satisface? Y, sin embargo, no nos atrevemos a salir a la calle sin corbata. ¿Dónde está Platón? —desde que había comenzado a negar la utilidad del Gobierno había echado de menos a Platón; pero como tenía a orgullo poner en orden sus ideas y emociones y hacerles guardar cola, esto es, conservar en todo momento una perfecta y estoica serenidad, tanto intelectual como afectiva, no había inquirido acerca del pez hasta que no hubo dado lento y adecuado desarrollo al parangón entre los ministros y las corbatas.

Rosina refirió concisamente el triste acabamiento del pez de color de azafrán.

—¡Qué hermosas enseñanzas nos ofrece la realidad a cada paso! Ya ves de qué manera han concluido los días de Platón, embuchándoselo un hombre como Angelón Ríos, un libertino que no piensa más que en gozar mujeres, y mujeres, y más mujeres. Y es que toda filosofía, Pitusa, tarde o temprano no sirve sino para alimentar el amor carnal.

A Rosina le había parecido siempre que en el tono que don Sabas imprimía a su charla había un no sé qué implícito que podía traducirse así: «No prestéis mucha fe a lo que digo, porque lo mismo me da decir esto que todo lo contrario. La cuestión es pasar el rato.» Y este tono Rosina lo había juzgado en otras ocasiones como buen tono y sutil elegancia, aunque en rigor un poco ofensivo. Pero ahora le ofendía extraordinariamente. En realidad, no sabía si echarle la culpa a don Sabas o echársela a sí propia y a la impertinente nerviosidad que la poseía. No lograba concentrar el pensamiento. Presumía la inminencia de un conflicto.