Teófilo, entretanto, se hallaba sumido entre los pliegues de dos faldas bajeras. Su irracional pavura se había disipado, y en su vez le estrujaba los sesos una obsesión no menos irracional. La seda de las faldas era muy crujiente, y a la más leve moción de Teófilo producía un ruido crepitante que le transía los dientes. No temía que el ruido le delatase, sino que le horrorizaba la sensación en la dentadura y que el tormento se prolongara mucho. Y así, huérfano el cerebro de toda idea y casi con ahínco de loco, luchaba por conseguir la inmovilidad absoluta.

—Sí, sí, Pitusa, estoy muy cansado. Pero el verte tan rosada, tan linda, me alivia tanto... El peso de una cartera, Pitusa, es increíble. Es como si tuviera sobre las espaldas una de las pirámides de Egipto, con la punta hacia abajo. Me parece que no tardaré en presentar mi dimisión.

Como la pausa de don Sabas se alargase demasiado, Rosina se vio obligada a hablar, y como no tenía nada que decir, lo que dijo resultó a destiempo:

—¿Tan pronto?

—Tan pronto ¿qué?

—La dimisión, digo.

—¿Tan pronto después de ocho días? Hace ocho días que soy Ministro y te parece poco tiempo. ¿Tú qué sabes de eso, Pitusa? Ocho días tardó Dios en hacer el mundo; poco fue para tan gran obra, por eso son disculpables algunos olvidos que tuvo. Pero ocho días para arreglar un trozo diminuto de una pequeñísima parte de aquella obra es más que suficiente, y si no se arregla en este tiempo es por una de dos: o que uno no sirve para el caso o que la cosa no tiene arreglo.

Después de unos minutos, Rosina se vio obligada de nuevo a decir algo. Por suerte se acordó de la carta de Ríos.

—Se me había olvidado. Ríos ha dejado una carta para ti. Aquí está.

Disponíase a leerla don Sabas cuando echó de ver un par de botas viejas y empolvadas asomando por debajo de la cortina del perchero. Como ya había hecho propósito de leer la carta, aplazó toda hipótesis para en concluyendo de leerla.