—Bien; otra petición. Esto es lo que me cansa, lo que me abruma. Desde que entré en el ministerio, por todas partes me persigue gente postulando. Esto no es una nación, es un asilo de mendicantes —y con mirada distraída examinó las botas—. ¿De quién son aquellas botas?
A tiempo que don Sabas hacía la pregunta, una de las botas desapareció detrás de la cortina. Teófilo no había podido reprimir el movimiento instintivo de retirar un pie.
Don Sabas se levantó, se acercó al perchero y descorrió la cortina.
Rosina no se atrevió a mirar.
Don Sabas estuvo algún tiempo perplejo y mudo ante aquel hombre tan largo y cenceño, de mirar desvariado, que parecía estar sepulto en posición erecta, a la usanza rabínica.
Teófilo comprendía que el único modo de evitar, o cuando menos anular lo grotesco del lance, era convertirlo en trágico. Don Sabas, a quien desagradaba por igual lo trágico que lo grotesco, porque le interrumpían momentáneamente la fruición de su voluptuosidad rumiada y quieta, resolvió aceptar el descubrimiento de Teófilo con serena cortesía, como si fuera uno de los infinitos sucesos nimios que forman la urdimbre de la rutina social.
—¡Oh! —dijo con graciosa solicitud, tendiéndole la mano—. Cuánto siento... Siéntese usted. Rosina, preséntame a este caballero.
Rosina levantó la cabeza. Había entrado en posesión de sí misma y estaba tranquila.
—Es un amigo mío.
—Y yo no deseo otra cosa sino que lo sea mío también.