—El señor Pajares.
—Pajares... ¿Es usted el escritor?
—Servidor de usted —habló Teófilo, esforzándose en parecer altanero. Sin embargo, ante don Sabas sentíase sugestionado, empequeñecido, como si aquel hombre pudiera hacer de él lo que le viniera en gana.
—Sí, sí, ya recuerdo; Pajares, novelista.
—No, poeta —corrigió Rosina, con involuntaria hostilidad.
A don Sabas no le gustaba molestar a sabiendas a la gente, ni rodearse de personas irritables o melancólicas; en general, le molestaba el sufrimiento ajeno, no por compasión, sino por egoísmo, y así se cuidaba de huir la presencia de él, mas no de evitarlo.
—Pues yo he leído algún cuento y novelas cortas del señor Pajares —lo cual era falso.
—Sí, he escrito también cuentos y novelas cortas —corroboró Pajares, muy lisonjeado.
—Y versos también he leído, ¡ya lo creo! Mi hijo Pascual habla mucho de usted y con gran admiración. Usted es modernista, y nosotros, los viejos, no podemos ser modernistas; pero en todos los géneros hay bueno y malo. Y usted es de lo bueno, sí, señor. —Don Sabas no se proponía otra cosa que halagar al poeta y reducirlo a una sociabilidad corriente y moliente, de visita. No había leído un solo verso de Teófilo y le importaba un ardite la llamada poesía modernista. Tanto a Teófilo como a Rosina les cosquilleaba una leve zozobra; no sabían si don Sabas hablaba en serio o irónicamente. Don Sabas preguntó—: Bajo su palabra de caballero, señor Pajares, ¿me promete usted decirme la verdad?
—Según de lo que se trate.