—¡Bah!, una cosa muy sencilla; ¿promete usted?
—Sí, señor; prometo.
—¿Está usted enfermo?
Teófilo palideció.
—¿Lo está usted? Dígame la verdad.
—No le entiendo a usted...
—De sobra que me entiende...
—Le juro a usted, que no entiendo... ¿Qué puede importar a usted que yo esté o no esté enfermo?
—¿No ha de importarme? Verá usted; cuando entra a servirme un nuevo mozo de comedor, lo primero que hago es decirle: «Mira, hijo, aquí está la botella de vino y aquí un vaso. Este vaso es solamente para ti. Ya sé que no puedo impedirte que bebas el vino de escondite; por eso, lo único que te ruego es que no bebas por la botella y nos sirvas luego a los demás tus babas.» ¿Comprende usted ahora? De todos los crímenes que conozco, el más grave, para mí, es el de esos hombres atacados de enfermedades vergonzosas que no tienen reparo en corromper y contagiar a otros cientos de hombres por intermedio de mujeres que toman y dejan a la ventura.
—Si no he comprendido mal, para usted lo grave de este crimen no es que una pobre mujer caiga enferma, sino que, por segundo endoso, otros hombres, quizás personas respetables, grandes personajes, sufran el contagio.