Rosina sonrió cordialmente a Pajares, quien en aquel instante se sentía muy superior a don Sabas.

—No me he explicado claramente. No he hablado de la mujer sino como vehículo, porque, si usted se para a pensarlo ecuánimamente y aparte la lástima que nos inspire, no es otra cosa que vehículo. Y si no, compare usted la proporción numérica del mal, y verá que de un lado hay una mujer y de otro cientos y cientos de hombres a quienes ella infesta.

—En este caso no veo sino una mujer, y muy en segundo término un solo hombre.

—Se exalta usted sin motivo. Parece usted echarme en cara que cuando abomino del mal general no pienso sino en el mío propio. Es decir, que mis palabras no estaban dictadas por el amor al prójimo, sino por el temor de un daño que pudiera sobrevenirme; en suma, que he hablado egoístamente. Sí, señor; así es. Lo reconozco. Y no puede menos de ser así, porque el egoísmo es la medula espinal del espíritu humano. Cuanto hacemos, aun las acciones más generosas, no tiene otro móvil que el egoísmo. Su exaltación de usted hace un momento, y sus nobles palabras de lástima por las mujeres caídas y enfermas, ¿qué eran sino balbuceos de un egoísmo inconsciente que le movió a usted a declararse paladín del sexo por ganar el amor, o acrecentarlo y robustecerlo, de una mujer que le estaba escuchando? Pues el progreso moral no es otra cosa que la más clara conciencia de este egoísmo radical y el mayor valor para declararlo en público; de manera que, contrastándose egoísmo con egoísmo, cede cada cual en aquello que puede y debe ceder y se alcanza una paz deleitable, armoniosa y duradera. El progreso moral consiste en aprender a no engañarse ni engañar. La caballerosidad, el honor no son sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre varios egoísmos. Y así, de caballero a caballero, invocando mi egoísmo, lo cual equivale a darle a usted derecho para que usted me invoque el suyo cuando lo necesite, le pregunto: ¿está usted enfermo?

Teófilo volvió a sentirse empequeñecido por don Sabas. Pensaba que no tenía razón el ministro; pero no sabía qué contestarle. Y Rosina pensaba como Teófilo.

—Pero es que... —atajó Rosina, dirigiéndose a don Sabas—, si te figuras que ha habido algo entre nosotros...

—Si no te echo nada en cara, Pitusa... Me parece muy natural. Yo soy viejo y tú eres joven, ¿cómo te voy a exigir fidelidad absoluta? Y hasta me parece preferible que hayas elegido un artista a uno de esos señoritos silbantes...

—De caballero a caballero —habló Pajares—, puesto que usted se obstina en preguntarlo, le respondo, por última vez, que no le va a usted ni le viene en mis enfermedades. Y no le va ni le viene, porque, como ha dicho Rosa, nada ha habido entre nosotros, ni puede haberlo, porque yo no lo aceptaría entretanto que no sepa que Rosa es mía y solamente mía. Usted parece que no puede comprender esto...

Don Sabas inclinó la cabeza, reflexionando:

—No, no lo puedo comprender. Pero, aun cuando hubiera habido algo, lo disculpo; es más, lo justifico. Rosa es, por decirlo así, el ornamento de mi vida, y ella sabe cuán humildes son mis exigencias. ¡Si solo mirarla me deleita!... No soy tan insensato que me obceque en obligarla a una fidelidad completa. Lejos de eso, me hace feliz saber que ella lo es por diferentes caminos. Tampoco puede usted comprender esto.