—No lo puedo comprender.
—Y es que usted piensa que el suyo, por ser desordenado, es mejor amor. Pues mire usted, yo renunciaría ahora mismo a Rosa si supiera que mi renuncia le acarreaba verdadera ventura, a pesar de todo mi egoísmo —por primera vez se le cayó la carátula de afabilidad protectora, dejando al desnudo un rostro gravemente triste. A seguida superpuso nuevamente la carátula, y añadió—: Pero, por ahora, Rosa no necesita mi renuncia, ni con ella piensa ser más venturosa, ¿verdad, Pitusa?
Las emociones de Teófilo se concretaron en una sentencia mental: «Si yo tuviera unos miles de pesetas en el bolsillo...» Como si Rosina lo hubiera adivinado, respondió:
—Ya te he dicho, Sabas, que nada hay entre nosotros, y yo no miento. Por lo tanto, claro está que no necesito esa renuncia.
Teófilo miró con estupor a Rosina, quien aprovechando la distracción del ministro, guiñó un ojo al poeta, como haciéndole cómplice de su disimulo.
—A propósito, Pitusa. Me ha escrito don Jovino, por mal nombre el Obispo retirado. Dice que dentro de tres o cuatro días es la inauguración de la temporada y que aguarda el nombre con que has de presentarte al público; es urgente, porque necesitan tirar los carteles con alguna anticipación. ¿Sabía usted, señor Pajares, que la Pitusa nos ha resultado una gran cupletista y se lanza definitivamente a la escena?
—Sí, señor.
—Bien, bien; pues ayúdenos usted a elegir un nombre para ella... Convendrá usted conmigo en que del nombre depende la mitad del éxito, sobre todo en la mujer. Es necesario encontrar uno que, como exige el código del Manú, cuando se pronuncie sepa dulce en los labios. Yo he seleccionado unos pocos que someteré al juicio de ustedes. Por lo pronto siento una invencible inclinación hacia los nombres de mujer que comienzan por A. Entre otras razones: para producir el sonido de la A se abre de pleno la boca, porque A es una vocal admirativa, y, dado que es cosa probada que los movimientos y actitudes musculares provocan ciertos estados de ánimo, como el hipnotismo ha demostrado, resulta que al pronunciar un nombre de mujer que empieza por A, involuntariamente propendemos a la admiración. Todo esto le parecerá a usted extraordinario, ¿verdad, señor Pajares? En último término puede que sea una de tantas tonterías como a uno se le ocurren. He aquí los nombres: Acidalía, que es una de las advocaciones de Afrodita; Actea, una nereida; Adrastia, hija de Júpiter o Zeus y de la Necesidad; Antígona, que todo el mundo sabe quién fue —y miró irónicamente a Teófilo—, y Lotos, una ninfa. Este último nombre no tiene la A por inicial; pero a mí me suena muy bien. Lotos o Antígona, me parecen dos buenos nombres de cartel. ¿Qué dices, Pitusa?
—¿Qué te parece a ti? —solicitó de Teófilo Rosina, proporcionándole con el tuteo, en presencia del Ministro, gran satisfacción.
—Antígona me parece un nombre muy bello. Suena un poco trágico, pero no importa.