De que era un personaje de la tragedia antigua estaba seguro, y esto era todo lo que sabía acerca de Antígona; él, Pajares el poeta, que había decorado siempre sus versos con innúmeras alusiones al arte y a la mitología helénicos.
—¿Ha oído usted ya cantar a Antígona?
—No, señor.
—¿Quieres cantar algo, Antígona?
—Ya lo creo, con mucho gusto —se levantó de la butaca, y con gentil alacridad fue hasta el piano. Volviose un punto para decir a Teófilo—: Te advierto que toco rematadamente mal. Solo lo preciso para acompañarme.
—¿Qué vas a cantar, Pitusa?
—Ninon.
—¡Oh, Pitusa; canta cualquiera otra cosa!... ¡Eso es tan sentimentalmente cursi!...
—A mí me gusta, Sabas.
Rosina cantó: