Ninon, Ninon, qu’as tu fait de la vie?
L’heure s’enfuit, le jour succède au jour.
Rose ce soir, demain flétrie,
Comment vis-tu, toi qui n’a pas d’amour?
Aujourd’hui le printemps, Ninon,
Demain l’hiver...
La voz de Rosina era escasa; pero tenía densa transparencia de óleo y se insinuaba dentro del espíritu con cariciosa suavidad. Desafinaba a veces un poco, y era en todo momento insegura, algo temblorosa, como si diluida dentro de ella palpitase una gran emoción, de la cual se contagiaba muy presto el oyente. Teófilo no entendía las palabras; pero la música se le filtraba hasta el más oscuro rincón del alma, colmándole de ciega felicidad, que al esforzarse en adquirir luz y conciencia de sí propia producía dolor gustoso.
Don Sabas tenía los párpados caídos, y la carátula también. Con profunda angustia recibía en el corazón los versos de Musset y el lamento sentimentalmente cursi de Tosti: «¿Qué has hecho de tu vida? Huyen las horas, y las días suceden a los días. La rosa de esta tarde, mañana estará marchita... Hoy, primavera; invierno, mañana.» Y luego, ¿cómo se puede vivir sin amor? ¡Oh, amor; necio engaño! Sicilia, de la propia suerte que había teñido de negro la ancianidad de sus barbas, había blanqueado de filosofía la negrura desolada de su espíritu escéptico. Pero ahora, bajo el influjo de aquella musiquilla cándida, quejumbrosa, el postizo embadurnamiento se resquebrajaba, se derretía, dejando al aire hielo vivo entre sombras. Y con el corazón aterido, Sicilia abarcaba la desmesurada vacuidad de todo lo creado. ¿De qué le había servido aquel emplasto de estoicismo, epicureísmo y anacreontismo, a dosis iguales, aplicado al alma por curarla del miedo a la muerte y darle fuerza y virtudes? Era honesto y virtuoso en el sentido clásico; no había hecho mal a nadie; pero sus virtudes, ¿qué eran sino groseros simulacros, prendas de abrigo que no abrigaban? Mesábase las barbas, engañosamente negras, y la amargura del pecho casi le rebasaba por los ojos.
Terminada la canción, cuando Teófilo y Rosina miraron de nuevo a don Sabas, este tenía ya superpuesta la carátula social.
—Muy bien, Pitusa. Tienes una voz muy dulce y mimosa. Pero esa romancita...