La fuerza atractiva de la gloria la orientó hacia el futuro, de manera que continuó hablando con voz de lontananza, como si los seres y cosas en torno de ella hubieran dejado de existir. Dijo que no cantaba en Madrid sino a guisa de ensayo o prueba por ver si el público la atemorizaba; que en cantando dos o tres noches rescindiría el contrato con el Obispo retirado, por grande que fuera el éxito de su presentación; que el foco de sus ambiciones era París, y que deseaba también conocer los Estados Unidos del Norte de América. Tanto don Sabas como Teófilo sentían por modo evidente cuán lejos de ellos estaba aquella mujer, cuán inasible e indomeñable era su corazón. Hubo un silencio que rompió Antígona, retrotraída al futuro próximo.
—Se me olvidaba decirte, Sabas, que pienso pasar la semana que viene en El Escorial.
—Es el caso, Pitusa, que como estamos en las tareas preliminares del Gobierno no podré acompañarte. Te haré alguna visita.
—No, no te molestes. Quiero estar sola, completamente sola, unos días.
—Como gustes —don Sabas había comprendido.
Pajares consideraba los días de El Escorial como la crisis decisiva de su existencia. Durante ellos, había de apoderarse para siempre de Rosina o perderla para siempre.
Don Sabas, que había venido a casa de Rosina en la esperanza y aun con la certidumbre de mitigar un poco el hastío de su vida, exasperado en las horas de ministerio, hallábase más triste y cansado que nunca. Le hostigaba la necesidad de sentir sobre el rostro la tersura lenitiva de la mano de su amante. Le hacían falta mansas caricias físicas, como al terruño yermo el agua de llovizna.
Lentamente y renqueando, Sesostris avanzaba por la habitación.
—¡Oh, excelente Sesostris! —exclamó don Sabas—. ¡Quién fuera galápago o tortuga! —como de ordinario, sus interlocutores ignoraban si lo decía en serio o de chanza—. Todos los males del hombre, ¿no cree usted, señor Pajares?, se derivan de un mal original; el de tener epidermis. Parece a primera vista que el mal original es la inteligencia, entendiendo por inteligencia la manera específica y necia que el hombre tiene de conocer el universo; pero si en lugar de epidermis tuviéramos un caparazón, como este animal privilegiado, o un dermatoesqueleto, como la langosta, nuestra inteligencia sería de distinto y aun de opuesto linaje. El hombre es el único animal que tiene epidermis. Tener epidermis equivale a andar con el alma desnuda, de suerte que de todas partes recibe heridas. Y por todas partes mendiga halagos. Por eso, cuando Platón dijo que el hombre era un bípedo sin pluma, sentaba una gran verdad que nunca ha sido bastantemente desentrañada. Tres son las fuerzas naturales de toda sociedad animal: la necesidad de alimentarse, la necesidad de reproducirse y la necesidad de moverse. ¿No se da usted cuenta, señor Pajares, de las terribles consecuencias que arrastra consigo la aparición de la epidermis, y cómo aquellas que eran fuerzas naturales se truecan en fuerzas morales, que es lo peor que pudo haber sucedido? ¡Oh, excelente Sesostris, la más noble de las criaturas, la de sangre más azul y aristocrática, porque tu abolengo tiene millones y millones de años de historia cierta! ¡Oh, tú, reptil insigne, cuyos antepasados reinaron en el aire, en el agua y sobre la tierra, señoreando el mundo y sus elementos! ¡Maldito el hado que os puso enfrente tan despreciable y bruto adversario como es el mamífero, y en sus bárbaros designios determinó que fuerais extirpados casi totalmente!
Sesostris, como cualquier diputado de la mayoría, no prestaba atención a la elocuencia ministerial, y seguía su pausada y renqueante ruta en busca de cucarachas.