En esto entró Rosa Fernanda, que había vuelto del paseo, y fue a agazaparse en el regazo de su madre.

—Ven a darme un beso, Rosa Fernanda —dijo don Sabas—. Ven y te contaré el cuento del príncipe narigudo.

Rosa Fernanda acudió al requerimiento y se acomodó entre las piernas del ministro, el cual recibía sutil deleite físico contemplando la rosada fragilidad de la niña y acariciándole el oro resbaladizo de los cabellos. Rosa Fernanda levantó la cabeza cuando don Sabas comenzó a referir el cuento. Escuchaba como los niños acostumbran, con los ojos, como si las palabras, al desgajarse de los labios, se materializasen adquiriendo la forma y color de los objetos representados. Veía los vocablos en su religiosa desnudez originaria.

Entretanto, Rosina y Pajares pudieron hablar a solas y puntualizar la fecha y sitio de la próxima entrevista.

Rosa Fernanda se fatigó muy pronto de escuchar el cuento. Don Sabas le era antipático, así como sus caricias. Los niños, en su selección de amistades y afectos entre personas mayores, tienen el don de rehuir instintivamente aquellos individuos cuyo contenido ético es antivital, como la raposa huele y teme la pólvora antes de toda experiencia. No es raro encontrar este don en las mujeres. Sienten apego por Don Quijote y Don Juan; Hamlet les es repulsivo.

La niña volvió al regazo de la madre y allí se mantuvo en silencio, asimilándose la realidad externa con largas, inquisitivas miradas.

Hablaban don Sabas, Pajares y Rosina de cosas de poco momento y en tono indiferente, porque después de las emociones de la tarde, cada cual se recogía dentro de sí mismo y laboraba por extraer claras impresiones críticas.

Punto de vista de don Sabas.—Tenía conciencia de ser antipático, instintivamente antipático, a Rosa Fernanda, como se lo era a todos los niños, aun cuando él los amaba, y esto le acongojaba; de ser a medias antipático a Rosina y también del origen de este sentimiento fluctuante; de ser antipático por entero a Teófilo, o, por mejor decir, odioso, y cómo la causa del odio era el creerse Teófilo muy por debajo de don Sabas en inteligencia, ingenio y fortuna. Y, sin embargo, don Sabas sabía que Pajares le era superior; primero, en juventud, y señaladamente en la posesión de una cualidad divina, el entusiasmo, o sea aptitud para la adoración o para el odio. Teófilo podía caer en dolorosos desalientos o subir a la cima del más apasionado rapto; podía alternativamente pensar, tan pronto que el mundo era malo sin remisión, como que era divino, el mejor de los mundos posibles. Don Sabas sabía que el mundo era tonto, comenzando por Teófilo, un tonto, como todos los tontos, susceptible de felicidad o de infelicidad.

Punto de vista de Rosina.—Don Sabas le parecía, cuándo extremadamente sensible, cuándo extremadamente embotado de nervios e indiferente. La sugestionaba como el vaivén de un péndulo brillante. Veía que aventajaba a Teófilo, con mucho, en inteligencia y agilidad para urdir frases que quizás fuesen profundas; pero con todo no se resolvía a concederle más talento que a Pajares. No podía explicárselo; pero en Pajares adivinaba la verdad oculta, y sobre todo una fuerza misteriosa que le hacía atractivo y amable.

Punto de vista de Pajares.—La presencia y sonrisa de don Sabas le hacían el efecto de insultos. Era como si después de árida jornada, cuando creemos andar por lo postrero de ella, encontrásemos otro caminante que en son de burla nos dijera haber equivocado nuestro camino y hubiéramos de desandar lo andado. La sonrisa de don Sabas sugería la posibilidad de que todo aquello que Teófilo tomaba tan a pecho eran fruslerías y nonadas, como si don Sabas estuviera en el secreto de la vida y no quisiera descubrirlo; y lo peor es que quizás don Sabas tuviera razón. Veíase, pues, forzado a reconocer en don Sabas una superioridad, y, viéndose en su presencia tan empequeñecido, lo aborrecía.