Punto de vista de Rosa Fernanda.—Como el de todos los niños, era a ras de tierra. Podía ver la parte inferior de los muebles, la arpillera que les forraba la panza, un intestino de estopa saliendo por debajo del diván, y a Sesostris, debajo del piano. En circunstancias normales, las personas no existían para ella sino desde los pies a las rodillas. Teófilo y su indumentaria le parecían más pintorescos que don Sabas. La parte baja de los pantalones de Teófilo, con flecos y raros matices, pero sobre todo las botas, la tenían encantada. La afición que los niños muestran a los mendigos es tan solo gusto de lo pintoresco. En una de las botas de Teófilo había una larga goma, como un gusanillo negro, colgando del elástico. Rosa Fernanda hubiera dado cualquiera cosa por ir a arrancarla y jugar con ella.
Sería interesante conocer el punto de vista de Sesostris.
Teófilo se levantó, dispuesto a irse. Don Sabas se despidió también. Bajaron juntos las escaleras. En la puerta de la calle, don Sabas preguntó:
—¿Por dónde va usted?
—¿Y usted?
—Yo, hacia arriba.
—Yo, hacia abajo.
—Ea, pues hasta la vista.
—Hasta la vista.