Caminaba Teófilo cuesta abajo, automáticamente; su espíritu descendía también; se apartaba de la claridad consciente; se diluía en una especie de niebla letárgica. Así anduvo toda la calle de Cervantes y el Botánico, cara a la Cibeles. En la plaza de Neptuno dudó si subir hacia el Ateneo o continuar Prado adelante; resolvió lo último. Su estado de ánimo se iba definiendo poco a poco, iluminándose de resplandor intuitivo que manaba de una palabra: dinero. Era fuerza que buscase dinero cuanto antes. Un sentimiento de rebeldía contra la vida moderna le henchía el pecho. El sentido y trascendencia de esta calificación, edad capitalista, se le hicieron patentes. La actividad motriz de estos tiempos no era sino la rapiña del capital, como quiera que fuese; las demás actividades, solo rebabas, añadiduras, ejercicios suntuarios. En otras épocas, amor y belleza, las dos mitades de la vida, habían sido res nullius, cosas no estancadas, de libre disfrute para todos. Pero la edad capitalista había constituído el monopolio de la vida a modo de sociedad anónima por acciones, y escindido el género humano en dos partes: los que cobran dividendo y los que no lo cobran, los que tienen derecho a vivir y los que no pueden vivir. ¿Qué es el amor sino dulce plenitud y exuberancia de energías que por no perderse aspiran a perpetuarse, a reproducirse? Y ¿cómo pueden hacer amiganza el amor y la miseria física, el hambre y la fecundidad? De otra parte, ¿es verosímil enjaretar cuatro versos mediocres sin cuatro malas pesetas en el bolsillo?

Pero lo apremiante para Teófilo era que necesitaba hallar unos cuantos duros inmediatamente. Como ocurre en las coyunturas capitales de la vida, Teófilo esterilizó de toda emoción su pensamiento y se aplicó a hacer cuentas en frío. Era el último día del mes. Al día siguiente, o quizás aquel mismo día, tendría la paga que su madre acostumbraba enviarle cada mes. Teófilo vivía en la misma casa de huéspedes desde hacía tres años, y si bien no había mes que pagase los quince duros íntegros del pupilaje, a razón de 2,50 por día, con todo era un pagador exacto en la medida de sus recursos, de manera que hasta cierto punto le era lícito dejar de pagar aquel mes y reservarse el dinero para el viaje a El Escorial. Tal vez su madre le enviase también el extraordinario. En este caso, la suma total andaría tocando con las cien pesetas. Pero, era poco. No había otra salida que pedir dinero prestado a un amigo. ¿A quién? A Díaz de Guzmán; sí, él era el hombre.

Teófilo llegó a su casa, de noche cerrada. Era una misérrima casa de huéspedes de la calle de Jacometrezo. En el pasillo, apenas esclarecido por una bombilla exhausta, el vaho de los potajes se fundía con otras hediondeces. Teófilo cruzó con un huésped, Santonja.

—Hola, poeta. ¿Ha habido convite hoy? Le he echado a usted mucho de menos, porque no tuve con quién discutir.

Santonja se había repatriado hacía poco tiempo desde la Argentina. Estaba desviado de la espina dorsal y era cojo; la faz, chata, simuladamente jocosa. Venía en mangas de camisa (una camisa de color sangre de toro) y llevaba un libro de la biblioteca Sempere debajo del brazo. Las discusiones de las horas de comer eran casi siempre sobre anarquismo. Un día, por dárselas de hombre terrible y espantar a los comensales —dos burócratas, tres horteras, un alcarreño de paso y un comandante—, Teófilo había modulado una rapsodia lírica en loor de Morral y la propaganda por el hecho. Santonja le interrumpió, calificando sus frases de absurdidades. Acalorado, Teófilo llegó a sostener que él no tendría inconveniente en tirar una bomba. Santonja había añadido que ninguna persona con sentido común puede ser anarquista; pero que, dado que la persona careciera de aquel sentido, cosa frecuente, para tirar bombas se necesita mucho ombligo. A partir de entonces, Santonja solicitaba de Teófilo, con evidente ironía, razones que apoyasen el ideal anarquista. Respondíale Teófilo con argumentos que él consideraba muy originales y funambulescos; pero el otro replicaba que todo aquello era una pamplina.

Tales discusiones habían obsesionado a Teófilo en términos que no era raro oírle jactarse de sus ideas anarquistas en el Ateneo y otras tertulias literarias.

—¿Viene usted a cenar hoy, señor Pajares?

—Creo que sí; ¿por qué?

—Porque me parece que hoy no trae usted cara de discutir conmigo.

—Le advierto que yo no he discutido nunca con usted.