—No; ya sé que usted me desprecia. Yo soy un hombre sin instrucción y usted es un literato. Y, a propósito, como me ha dado usted la matraca con Kropotkin, he comprado este libro escrito por él. ¡Puaf! Macana pura; pura filfa... ¿Cree usted que el mundo es bueno, señor Pajares?

—Sí, señor.

—¿Cree usted que eso que llaman amor existe?

—Sí, señor.

Una pausa.

—Bien; ¿qué hay con eso? —preguntó Pajares.

—Nada, sino que quizás hice mal en dudar de su sinceridad de usted como anarquista; pero como usted no compone versos sino sobre la muerte, la tumba y la podre... como si este mundo fuera el peor de los mundos imaginables, y esto, mi amigo, creo yo que no se compadece con ser anarquista...

—Hombre, al contrario.

—Puede; depende del punto de vista. Creer que el mundo es bueno, y que hay amor en él; pero no tener dinero y no poder tener novia, o si uno la llega a tener que se la pegue a uno, porque uno no es un Adonis (y no lo digo por usted), entonces sí que comprendo lo de las bombas, aun con poco ombligo.

—¡Bah, bah! Valiente anarquismo el que tuviera móviles tan bajos.