—Oiga, mi amigo; me parece que lo mismo que las plantas, los grandes hechos requieren su abono. La flor o el fruto viene a lo último, y el abono, que es lo primero, siempre es abono, ¿qué le parece?
—Nada, que tengo prisa. Hasta luego.
—Hasta luego, señor Pajares.
Pajares entró en su cuarto. Sobre la mesilla de noche había una carta, de su madre. Teófilo la abrió con dedos ágiles y optimista corazón. No contenía ningún cheque. Decía la carta:
Amado hijo: No sabes cuánto he sufrido estos últimos ocho días del mes pensando en ti. Me es imposible enviarte la acostumbrada mesada, y lo peor es que tampoco podré de aquí en adelante. Sabes que los Martín, labradores de Zaratán, han tenido en mi casa todo el curso pasado a su hijo Arístides, que estudia Farmacia. Me habían prometido pagarme todo junto en comenzando el nuevo curso, por la cosecha. Pero dicen que la cosecha fue mala, y por más cartas que les escribo no sueltan prenda. ¿Para qué enviarán un hijo a los estudios si no cuentan con medios? Solo para vivir del sudor ajeno. Yo, bien sabe Dios que los perdonaría de buen grado; pero no puedo menos de pensar que el hijo de ellos ha estado engordando a costa del mío, que te aseguro que comía más que un cavador. Para este curso lo han enviado a otra casa, y yo me alegro, no de que caiga sobre otro la carga, sino por verme libre de él, porque era además muy calaverón y escandaloso, como son todos estos zafios cuando vienen a la ciudad. No había querido decirte antes que don Remigio, el canónigo, se marchó de casa; ya ves, después de tantos años, y el único huésped formal y seguro. Fue un gran golpe para mí. Ya hace de ello dos meses, y no me he podido recobrar del disgusto. Creí que nos tenía algún apego. Decía que últimamente no se podía comer en casa, y te echaba la culpa a ti, porque yo te enviaba ahorrillos, cuando él debiera estar tan interesado como yo, que te conoció desde que eras una criatura y fue tu primer maestro. Por todo ello he estado tan apurada que no podía pagar el alquiler, y anduvieron si me desahucian; pero gracias a Coterón el usurero, que me hizo unos pagarés sobre los muebles, pude salir del atranco. No estoy muy bien de salud; pero no te preocupes. Mi mayor pena es si tú pensarás que no te envío el dinero por propia voluntad. No, hijo mío; tú no puedes pensar eso de tu madre, que sabes te adora.
El recorte de periódico que me has enviado me ha hecho derramar lágrimas de ternura y orgullo. Sí, debían echar flores a tu paso. Ya desde chiquitín se comprendía que ibas a ser una gran cosa. Componías coplas mejor que los mayores, y así lo reconocían todos. Pero ya sabes que por estas pobres tierras de las Castillas los poetas se han muerto de hambre siempre. No me acuerdo de nombres; pero así lo he oído asegurar a los viejos. Luego, tus poesías son demasiado buenas y no las saben apreciar; yo, por ejemplo, que soy una ignorante, no las entiendo, y a veces temo que digas alguna herejía contra Nuestra Santa Madre la Iglesia. No; es imposible, que has sido criado en el temor de Dios. Pero lo principal es, Teófilo, que como eres tan sencillo y bondadoso crees que los demás son como tú y te ilusionas con que de un día a otro te van a dar oros y montones. Dices que si hasta ahora no has ganado las pesetas por miles es por la envidia que te tienen, y yo lo creo; pero piensa que la envidia es planta que nadie desarraiga del mundo, y si te la han tenido, te la seguirán teniendo y siempre estaremos igual. Gloria, como muy bien me dices, ya has conquistado de sobra, ¿qué más quieres? Tres años hace que no nos vemos, y a mí me han parecido tres siglos. ¿Por qué no vienes y dejas esa maldita Corte? Irías a pasar unos días de visita a casa de tus tíos, en Palacios. Tu prima Lucrecia te quiere como siempre, o, por mejor decir, te quiere mucho más desde que andas por los papeles. Ya sabes que tienen un majuelo y no sé cuántas yugadas de buena tierra de pan llevar, y Lucrecia es hija única, que se perecen por ella los mozos de los pueblos y los señoritos de Rioseco, y hasta alguno de Valladolid. ¡Qué vejez tan dichosa, hijo mío, me deparabas si te decidieras a escucharme! Pero yo nada te digo si crees que debes seguir tu vocación...
Un beso de tu madre que te quiere,
Juanita.
Las tres últimas líneas estaban escritas de una manera confusa y temblorosa. Teófilo leyó toda la carta; la segunda parte, sin clara noción de lo que leía. Quedó anonadado. Redujo a pequeños trozos la carta, rasgándola sucesivamente, sin saber que la rasgaba. Salió a la calle y se dirigió a casa de Angelón Ríos, en donde vivía Alberto Díaz de Guzmán. Si Alberto no le salvaba estaba perdido.
PARTE II
VERÓNICA y DESDÉMONA
Man sollte alle Tage wenigstens ein kleines Lied hören, ein gutes Gedicht lesen, ein treffliches Gemälde sehen und, wenn es möglich zu machen wäre, einige vernünftige Worte sprechen.
Goethe.