I

Una laringe estentórea y arcana expelió gigantescos baladros: «¡Si no abren, tiro la puerta!».

¿Será una de las trompas del Apocalipsis?, se preguntó Alberto, entre sueños. Una sacudida nerviosa le recorrió el espinazo. Despertó. Restregose con el dorso de las manos los alelados ojos. Encontrábase de rodillas en mitad de la cama, las asentaderas descansando en los talones, vestido con un viejo pijama de seda cruda que tenía un gran desgarrón en la espalda. La fiebre le transía; la expresión de su rostro era enfermiza.

Las paredes retemblaban. En la puerta de la casa oíanse tenaces porrazos, como si intentaran forzarla con un ariete.

—¡Si no abren echo abajo la puerta! —aullaron.

—¡Voy! —respondió Alberto, tan alto como pudo.

Saltó a tierra y fue a pisar sobre una copa de vidrio, hecha pedazos, hiriéndose dolorosamente en un pie, del cual comenzó a manar sangre en gran copia. Sin parar atención en el accidente, acudió presuroso a la puerta, y en abriéndola hallose frente a un hombre obeso y congestionado, víctima, por todas las trazas, de funesta iracundia. Vestía el hombre un largo blusón de dril, color garbanzo; la estulta cabeza, al aire; el cerdoso bigotillo, convulso. Al ver a Alberto, el hombre depuso un tanto la cólera.

—¿Qué deseaba usted?

—Usted dispense, señorito; no era por usted. ¿Está don Ángel de los Ríos?

—No, no está.