—Esa ya me la tenía yo tragada. Y de mí no se burla nadie —parecía que iba a enfurecerse otra vez, pero, inopinadamente, se apaciguó—. Usted dispense... Pero es que esta mañana, porque ya he venido esta mañana, sonaba la campanilla y ahora no suena. A ver si no iba a llamar a patadas.
—En suma —atajó Alberto, impaciente—, que don Ángel no está, ¿qué desea usted?
—Si usted me hace el favor..., le dice de mi parte que dondequiera que le encuentre le rompo el alma —y como Alberto no respondiera, continuó—: ¡De mí no se burla nadie! Verá usted, señorito. Yo soy oficial de zapatería. Yo no conozco, así conocer de visu, que se dice, a ese don Ángel. Pues que esta mañana me manda el principal con la cuenta de seis pares de botas y zapatos, horma americana, que no hay Cristo que le haga pagar; y que tiro del cordón de la campanilla, y me sale a abrir, en calzoncillos, un señor muy grande, moreno, de barba, y voy le dije, digo: «¿Está don Ángel, etcétera?» Y va y me dice: «No está, pero a eso de las doce estará de seguro; vuelva usted». Conque, me dirijo a la zapatería, y que le cuento al maestro la cosa tal como fue, a lo que el maestro me llama panoli y que era el propio don Ángel etcétera quien había abierto, y que si el infrascrito don Ángel era un golfo desorejao y yo un inflapavas, así, y que tal y que cual, y que cuando volviera no le encontraría en casa, como se ha verificado. Lo cual que de mí no se burla nadie, y si usted me hace el favor de decirle que le voy a romper el alma, pues, tantas gracias, señorito.
El hombre, evidentemente satisfecho de su elocuencia, bajó los ojos, como recibiendo el homenaje del público, y echó de ver entonces que la sangre encharcaba el piso.
—¡Está usted herido!
—Así parece —Alberto cerró la puerta de golpe, dando por terminada la entrevista.
II
Alberto Díaz de Guzmán había venido a Madrid con quince mil pesetas en el bolsillo, todo su caudal, y en la esperanza de que esta suma diera de sí para tres años por lo menos[2]. Consideraba tal plazo más que sobrado para crearse un buen nombre en la literatura, y a la sombra del nombre una posición segura que le permitiera casarse y vivir en una casa de campo, lejos de los hombres. Antes de que la tierra completara su revolución anual en torno del sol, se le había concluido a Alberto el dinero, sin saber cómo. Renombre, si lo tenía, era escaso, y solo entre literatos. Rendimientos, ninguno, como no fuera la misérrima remuneración de uno que otro artículo, muy de tarde en tarde. Su carácter era sedentario, soñador e indiferente; no era el suyo un espíritu pedestre, porque le faltaban los dos pies con que el espíritu sale al mundo a emprender y concluir acciones: carecía de esperanza y de ambición. Alas tampoco las tenía, porque Alberto se las había cortado. Aspiraba a la mediocridad, en el sentido clásico de moderación y medida. El mucho amor y dolor de su juventud le habían desgastado el yo.
[2] La pata de la Raposa. Novela.
Cierto día, sin un céntimo y con algunas deudas ya, Alberto encontrose en la calle con Angelón. Echaron a andar juntos. Eran paisanos y muy amigos, con esa amistad en que al afecto se junta la mutua admiración por cualidades diversas, de manera que no puede haber choque o rivalidad de conducta. Son por naturaleza estas amistades aptas para la longevidad, porque en ellas no cabe emulación ni envidia, sino un orgullo recíproco y reflejo de las cualidades que a cada cual le faltan y el otro posee, el cual se manifiesta en un a modo de continuo rendimiento de tácita admiración, atmósfera espiritual la más templada y a propósito para que dentro de ella el cariño medre y se robustezca. Tales son, en una esfera más amplia, las amistades de la inteligencia con la fuerza, el arte con el dinero, la ciencia con la religión, la filosofía con las armas. Los llamados siglos de oro de la historia humana no son sino estados sociales provocados por unas cuantas conspicuas amistades de este género.