Entre Alberto Díaz de Guzmán y Angelón Ríos existía una diferencia de edad que pasaba de veinte años. Alberto no era fuerte. Ángel, robusto, enorme; bajo su piel morena, de tierra cocida, presentíase en circulación un torrente de rica sangre jovial. Alberto era joven en años y viejo por temperamento. Angelón, aun cuando discurría por el undécimo lustro de su vida, era entusiasta como un adolescente. Aquel había perdido prematuramente el don de la risa; este no había adquirido aún el de la sonrisa. Ríos, gran aficionado por romanticismo a las artes y de mente, si inculta, muy despierta, admiraba en Alberto la sensibilidad y la virtud de discurrir con agudeza. Alberto admiraba en Angelón muchas cualidades: la alegría, que en él era como una secreción orgánica; su maravillosa constitución física, que le permitía, a los cincuenta y dos años, amar cotidianamente y aun muchas veces a una mujer, por fea y corrupta que fuese, cuando no había otra cosa a mano; su propia incultura y claro discurso, merced a los cuales, desembarazado de todo prejuicio, atinaba a dar con las más claras nociones prácticas, por ejemplo acerca de la política, en la cual militaba activamente; la absoluta ausencia de un sentido interior con que advertir diferencias entre moral e inmoral, ausencia que, por rara paradoja, le había perjudicado en su carrera, iniciada con gran éxito; y, señaladamente, su acometividad en coyunturas difíciles, su carácter de genuino hombre de acción, esto es, fundamentalmente bueno: amaba el mundo y la vida por ser el uno y la otra fértiles en obstáculos.
Aquel día, a poco de encontrarse, Alberto refirió sus apuros a Angelón. Este acudió al instante con el remedio, y sus frases eran tan optimistas que no parecía sino que había iniciado a su amigo en el secreto de transmutar los metales.
—Hoy mismo se viene usted a mi casa.
—¿Y arreglado todo? —inquirió Alberto, que conocía la escasez económica de Angelón.
—Naturalmente.
—¿Cuánto dinero tiene usted?
Angelón echó mano al bolsillo del chaleco y extrajo gran profusión de monedas, casi todas de cobre. Hizo un balance rápido y expresó la cifra resultante con alguna consternación:
—Dieciséis pesetas con noventa céntimos.
Alberto sonrió.
—¡Bah! —añadió Ríos, irguiéndose—. Mañana tendremos dinero, y si no, pasado mañana.