Ríos juzgaba tan absurdo dudar del advenimiento diario del dinero por caminos postulatorios o aleatorios, como de que el sol debe salir cada mañana a la hora en que le emplazan los almanaques de pared. Añadió:

—¿Por qué no escribe usted artículos?

—Los escribo; pero me revienta enviarlos sin que me los pidan.

—No tiene usted chicha para nada. Yo los colocaré.

Ríos acompañó a Alberto hasta el hotelucho en donde se hospedaba; requirieron un mozo de cuerda que trasladase las maletas de Guzmán al nuevo domicilio, y aquella noche durmió Alberto en casa de Angelón. Era esta un piso segundo de la calle de Fuencarral, holgado y bien ventilado. Estaba como cuando Angelón vivía en él con toda su familia, atalajado a lo burgués; pero con mejor tino y buen gusto de lo que es uso en las instalaciones domésticas de la clase media española. Había cuadros y esculturas de algún mérito: porcelanas, muebles y estofas de valor, de los cuales no había querido desprenderse el dueño ni en los trances de mayor angustia pecuniaria.

Tenía Angelón mujer, hijos casados y otros casaderos, que vivían en Pilares. La exuberante naturaleza física de Ríos y su portentosa lozanía le empujaban al comercio habitual con damas galantes. Esto no estorbaba a que venerase a su mujer y la amase con amor solícito, honesto por decirlo así. Los afectos familiares estaban muy arraigados en él, y gustaba de tratar a sus hijos como hermanos o camaradas. La mujer le pagaba con cariño casi maternal, le comprendía y por ende le sobraba indulgencia para disculpar, y en ocasiones hasta celebrar, aquellas diabluras y calaveradas de que a cada paso venían a darle sucinta y melodramática cuenta parentela y amigas, a pretexto de compadecerla. Pero como la fortuna del cabeza de familia viniera muy a menos y algunos parientes ricos hubieran contraído espontáneamente el compromiso de auxiliarla, enojados estos con los desórdenes de Angelón, impusieron una especie de divorcio discreto y privado, de tal suerte que Angelón se las bandease por su cuenta y riesgo en Madrid, desterrado del hogar, y retuvieron a la mujer y los hijos solteros en Pilares.

De tarde en tarde Ríos hacía un viaje a Pilares, y, de tapadillo, su mujer y él celebraban entrevistas, como dos adúlteros o dos novios a quienes la familia contraría los amores. Y como el piso de Madrid se lo pagaban, esta era la razón de que estuviera alojado a lo magnate.

Angelón administraba su actividad conforme a cánones inmutables. Su lucha por la existencia se desplegaba en diversas formas del arte estratégico: la defensiva, el sitio, el asalto y el botín. Las horas de la mañana eran duras horas a la defensiva, durante las cuales Angelón esquivaba, burlaba, repelía o estipulaba treguas y armisticios con los innumerables acreedores que de continuo le tenían en asedio. Vivía solo y sin servidumbre; el aseo del piso estaba a cargo de la portera. Desde las ocho y media de la mañana se situaba en la puerta de la casa la falange de los acreedores o sus emisarios, la mayor parte con malísimas intenciones, que no deseaban sino habérselas personalmente con Angelón y brumarle las costillas. La aldaba y el cordón de la campanilla no reposaban un punto. Angelón no podía dormir, y por no perder el grato reposo mañanero discurrió destornillar la aldaba y embarazar la cavidad de la campanilla con trapos y papeles. Entonces los acreedores rabiosos apezuñaban la puerta. Ríos hubo de renunciar al sueño antemeridiano. Levantábase entre siete y ocho y antes de que surgiesen las vanguardias de los acreedores ya estaba él en la calle.

A la tarde, entre comida y cena, eran las horas políticas, y su modalidad estratégica, el sitio. Sumergíase Angelón en el Congreso, y allí, de corrillo en corrillo, voceando y riendo a carcajadas, que esta era su manera natural de producirse, discutía in vacuum, como siempre se hace en aquel lugar, acerca de naderías oratorias o burocráticas, o trabajaba con intrigas y conspiraciones por la vuelta al poder de su partido, y en habiendo conquistado este el poder ponía sitio a Zancajo, el Presidente del Consejo, pidiéndole un alto cargo como justa recompensa a su lealtad política.

Después de cenar llegaba la ocasión del asalto y del botín; horas eróticas dedicadas a la caza de la mujer. Teatros, cafés, el espacio abierto y sombrío de la calle: todo era cazadero de mujeres. En osadía para mirarles de hito en hito y de manera inequívoca a los ojos, o deslizarles en la mano un papelito, si la mujer tenía trazas señoriles e iba acompañada de un caballero, o para abordarlas si por ventura iban solas, nadie aventajaba a Angelón. Nunca se retiraba a casa sin una compañera con que aderezar el lecho y la noche. Madrid nocharniego es un mercado o lonja al aire libre, en donde, aunque averiadas, las mercaderías amorosas ostentan rara abundancia para todos los gustos y bolsillos. Pero Ríos procuraba elegir de lo bueno lo mejor, porque, a la postre, no pagaba los favores recibidos. De ordinario no pagaba a sus volanderas amantes, y no por tacañería, sino porque no tenía con qué. Cuando estaba en fondos era muy liberal: conducía a su amiga, la que fuese a la sazón, a uno de esos emporios y comercios de la calle de Atocha, notables por la modicidad de los arreos indumentarios que en ellos se expenden, y allí las proveía de abrigos, faldas de barros, boas, manguitos y otras prendas suntuarias, hasta quedar arruinado para unos días. Como Angelón vestía con elegancia, su ropa era rica, y gentil su talle, así atractivo de su persona como imponente de ademán, en acercándose a una mujer cortesana por la calle esta le acogía con mal disimulado entusiasmo, presumiendo que se le presentaba un buen negocio. Luego Ríos no mentaba para nada el dinero, lo cual le parecía a la mujer felicísimo augurio de presuntas magnanimidades.