—Vamos a mi casa —ordenaba Angelón.
—Como usted guste —respondía la mujer temblando de gozo.
Ya en el piso, Angelón, como al desgaire y sin propósito, iba haciendo ver a su flamante amiga objetos de arte y muebles raros. La mujer quedaba boquiabierta. Acaso se resolvía a inquirir:
—Pero, ¿todo esto es tuyo?
Ríos contestaba que sí con la cabeza.
—Y ¿vives solo?
—Solo, a no ser que tú quieras vivir conmigo.
Y la cortesana, relamiéndose, pensaba: «Este tío es pa mí. Menuda pata he tenido.»
A la mañana siguiente Ríos murmuraba con indiferencia:
—Vístete de prisa, que yo tengo que salir —y la guiaba al cuarto de baño. Después la ponía a la puerta, no sin antes haberla citado para la noche venidera.