—El mismo.
Alberto se sentó a escribir. Hacía frío. Oyéronse unas patadas en la puerta. Alberto salió a abrir. Era un carbonero con un saco de antracita a cuestas.
—¡Buen augurio! —exclamó Alberto.
—¿Eh? —interrogó el carbonero. Con la somera modulación de estas dos letras, una de las cuales es muda, delató el carbonero su oriundez galaica. Entre la mucilágine tenebrosa que le embadurnaba el rostro, el blanco de los ojos adquiría tonos calientes de ocre.
Después de descargar el saco, el carbonero aguardaba que le pagasen.
—¿Cómo? Ya pasará el señorito o yo por la carbonería —dijo Alberto.
—¡Quia! Si no me dan los cuartos el carbón vuélvese pa casa.
Alberto procuró quebrantar la obstinación del gallego con diferentes recursos retóricos; pero todo era en balde. El gallego sacudía la cabeza, se arrascaba con estrépito el cuero cabelludo y miraba amorosamente el saco de carbón, a sus pies en tierra.
—No perdamos tiempo. Ni los cuartos ni el carbón —rezongó Alberto, perdiendo la serenidad. Cogió al carbonero por un brazo y lo empujó fuera del piso.
—Entonces... —tartajeó el carbonero, amedrentado—, ¿cuándo traigo la cuenta?