—Cuando se le antoje —y cerró la puerta de golpe.

Sentados en cuclillas sobre la alfombra cargaban Verónica y Alberto la salamandra. Dijo Verónica:

—También Angelón tiene una asadura... ¿Qué trabajo le costaba haber pagado el carbón?

—¿Cómo lo iba a pagar, Verónica, si no tiene un cuarto?

—¿Eh?

—Que no tiene un cuarto.

—¿Qué quieres decir?

—Que no tiene un cuarto —repitió, sin mirarla y pensando: «Cuanto antes lo sepa, mejor. Es una barbaridad tener tanto tiempo engañada a esta pobre muchacha.»

—¿Como tú y como yo?

—Peor; porque si bien si es cierto que tiene alguna renta, sus necesidades son mayores que las nuestras, y sus deudas, a lo que presumo, todavía mayores que sus necesidades —de propósito evitaba mirar a Verónica, sospechando que su expresión sería de doloroso desencanto.