—¿Y este piso?...

—Se lo paga la familia, creo.

Hubo un silencio que rompió Verónica riendo a carcajadas. Se puso en pie y palmoteó como una niña, revelando infinito contento.

—¿De manera que sois unos bohemios?

—¿Qué quieres decir, Verónica?

—Como esos de los libros y de las novelas y de las óperas. ¡Viva la vida bohemia! Y yo que creí que eran inventos de los papeles y de los escritores... ¡Pero hijo, si yo he sido loca por todo eso!... Cuando vivíamos en Trujillo, antes de venir a Madrid, leí en el folletín de un periódico la primera cosa de la vida bohemia, y artistas, y qué se yo... Anda, pues si no hacía más que pensar en Mimí, y Museta y aquel Coline tan gracioso... Luego, siempre que veo en los carteles Bohemios, si tengo dinero voy al teatro. Me he ganado cada bronca de mi madre... Me sé la música de memoria —tarareó unos compases, enarbolando el brazo derecho, y sin dar tiempo a que Alberto le atajase continuó vertiginosa charloteando—: Pero chiquillo, los bohemios de las novelas y del teatro viven en buhardillas y no tienen qué ponerse; vosotros, ya, ya: vivís en un palacio, y vestir, no digamos. Mejor está así, una buena casa y luego, bohemios. Lo importante es no tener dinero, no saber si se va a comer o no en el día, y cantar y recitar versos. ¿Tú qué te creías? Pues te voy a recitar unos versos:

Soy poeta embrujado por rosas lujuriosas

y por el maleficio de la luna espectral.

Mi carne ha macerado, con manos fabulosas,

uno por uno cada pecado capital.