Descendiendo en particular á nuestro intento, trataré lo que he visto, como hombre que allegué á este Perú más ha de cincuenta años el dia que esto escribo, muchacho de quince años, con mis padres, que vinieron á Quito, desde donde, aunque en diferentes tiempos y edades, he visto muchas veces lo más y mejor deste Pirú, de alli hasta Potosí, que son más de 600 leguas, y desde Potosí al reino de Chile, por tierra, que hay más de quinientas, atravesando todo el reino de Tucumán, y á Chile me ha mandado la obediencia ir dos veces; esta que acabo de decir fué la segunda, y la primera por mar desde el puerto de la ciudad de Los Reyes; he dicho esto porque no hablaré de oidas, sino muy poco, y entonces diré haberlo[20] oido mas á personas fidedignas; lo demás he visto con mis propios ojos, y como dicen, palpado con las manos; por lo cual lo visto es verdad, y lo oido, no menos; algunas cosas diré que parece van contra toda razon natural, á las cuales el incrédulo dirá que de largas vías, etc., mas el tal dará muestras de un corto entendimiento, porque no creer los hombres sino lo que en sus patrias veen, es de los tales.
[CAPITULO III]
PROSÍGUESE LA DESCRIPCIÓN DEL PERÚ
Este reino, tomándolo por lo que habitamos los españoles, es largo y angosto; comienza, digamos, desde el puerto, ó por mejor dezir playa, llamado Manta, y por otro nombre Puerto Viejo.
Llámase Puerto Viejo por un pueblo de españoles, así llamado, que dista del puerto la tierra adentro ocho ó diez leguas; no le he visto, pero sé es abundante de trigo y maíz y otras comidas de la tierra, de vacas y ovejas, y es abundante de muchos caballos y no malos; el temple es caliente, aunque templado el calor; cria la tierra muchas sabandijas ponzoñosas, y con estar en la línea equinocial no es muy caluroso. Los aires de la mar le refrescan; llueve en él, aunque no mucho.
Los indios deste puerto son grandes marineros y nadadores; tienen balsas de madera liviana, grandes, que sufren vela y remo; los remos son caneletes; visten algodon, manta y camiseta; desde este puerto, enviando los navios que vienen la vuelta de tierra, salen con sus balsas, llevan refresco que venden, gallinas, pescado, maíz, tortillas biscochadas, plátanos, camotes y otras cosas. Tienen las narices encorvadas y algun tanto grandes; diré lo que vi, porque pase por donaire: cuando veniamos navegando cerca del puerto llegó una balsa con refresco; diósele un cabo; traía lo que tengo referido; un criado de mis padres, rescatando algunas cosas destas, y no queriendo el indio que era el principal piloto de la balsa (hablan un poco nuestra lengua) quebrar de la plata que pedia por el refresco, díjole: ¡oh qué pesado eres; no pareces sino judío! En oyendo esto el indio, saltó del navio en su balsa; larga el cabo y vira la vuelta de tierra; ni por muchas voces que se le dieron para que volviese, no lo quiso hacer; tan grande fué la afrenta que se le hizo y tanto lo sintió.
[CAPITULO IV]
DE LA PUNTA DE SANTA HELENA
Siguiendo la costa adelante, que toda ella desde punta de Manglares hasta el estrecho de Magallanes, que sin dubda hay más de mil leguas, corre Norte Sur (no creo son veinte leguas), está la punta llamada de Santa Helena; tiene pocos ó ningunos indios el dia de hoy; cuando la vi y saltamos en ella eran muy pocos los que allí vivian. En esta punta, aunque es playa, suelen surgir los navios que vienen de Panamá, toman agua y algun refresco. Hubo aquí antiguamente gigantes, que los naturales decian no saber dónde vinieron; sus casas tenian tres leguas más abajo del surgidero, hechas á dos aguas con vigas muy grandes; yo vi allí algunas traídas en balsas para hacer un tambo que allí labraba el encomendero de aquellos indios, llamado Alonso de Vera y del Peso, vecino de Guayaquil.
Vi tambien una muela grande de un gigante, que pesaba diez onzas, y más. Refieren los indios, por tradición de sus antepasados, que como fuesen advenedizos, no saben de dónde, y no tuviesen mujeres, las naturales no los aguardaban, dieron en el vicio de la sodomia, la cual castigó Dios enviando sobre ellos fuego del cielo, y así se acabaron todos; no tiene este vicio nefando otra medicina.
Hay tambien en este puerto, no lejos del tambo, una fuente como de brea líquida, que mana, y no en pequeña cantidad; del agua se aprovechan algunos navios en lugar de brea, como se aprovechó el nuestro, porque viniéndonos anegando entramos en la bahia de Caraques, doblado el cabo de Pasao, ocho leguas más abajo de Manta, de donde se invió el batel con ciertos marineros á esta punta por esta brea (creo se llama copey), y traída se descargó todo el navio; diósele lado y con el copey cocido para que se espesase más brearon el navio, y saliendo de allí navegamos sin tanto peligro.
Dicen es bonísimo remedio para curar heridas frescas como no haya rotura de niervo.