Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores á este valle, despues de haber preso en Cajamarca á Atabalipa y habiéndole muerto, vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la órden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al rio, á la parte casi del Oriente; á la del Sur por la parte de arriba, una acequia de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente á Poniente. Por la parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y á los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que á la sazon eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así, aceptando los dos religiosos el partido, que un dia vinieron todos los indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales dijeron á los religiosos: Padres, vosotros no habeis de pelear; tomad en esas botas vino y biscochos, y á los que estuvieren cansados y flacos dadles de comer y beber, y á los heridos recogedles y lavadles las heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban, con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no le convenia esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y á los pocos de los nuestros que allí habia dejado el Marqués con dos navios y no muchos soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran muertos, y sólo él se habia escapado. El capitan de los navios (creo era el capitan Juan Fernandez, de quien abajo haremos mencion), con los demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor reino del mundo, y perplejos no sabian qué se hacer, si por ventura desamparaban el puerto y se volverian á Panamá ó á Trujillo, ó aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la ciudad fuesen á ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos quedasen muertos, algunos se escaparian y encontrarian en el camino, ó fuera dél, y á éstos recogiesen y volviesen al punto, y entonces deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes soldados en sus caballos, armados, llenos de tristeza é no con menos temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, á lo menos la legua y media, cada hoja que se meneaba les parecia ejércitos de enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente llegan á la ciudad y hallan á los nuestros, alcanzada la vitoria, curando á los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la batalla.
Su alegria fué muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razon por que vinieron, el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel padre, no imaginando que se hubiese huido, sino que por ventura los indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navio que despachó á Panamá lo llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le habia de entrar fraile de San Francisco en su gobernacion, y así se cumplió, no siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fué defeto sino de un fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se habia de perder ni carecer del bien grande que la religion del seráfico padre San Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan, creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponian al Marqués y á los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos los indios, si les faltaran navios con que enviar á pedir socorro á Tierra Firme, totalmente se perderia. Nuestro religioso puso tambien sus faldas en cinta, arrebató su bota, biscocho y queso; no tenian conservas, ni regalos, y á los cansados dábales de beber y un bocado, á los heridos curaba como mejor podía, y así andaba en medio de los que peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual, aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse extender tanto cuanto es necesario, y por el rio, que es mal vecino en todas partes.
Despues muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del rio corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se remedia.
[CAPITULO XXIII]
DE NUESTRO CONVENTO
Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del rio no da lugar á ello, por correr al sesgo), se comenzó á edificar el convento; empero, quien con más ánimo, fué el valeroso, y no menos religioso, gran predicador, gran servidor de Su Majestad, fray Tomás de San Martín, á quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la Española ó isla de Santo Domingo.
Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el primero, á quien dió por nombre San Juan Baptista, comenzó el edificio de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia, dejando los cimientos de lo restante sacados.
Oí decir al padre fray Antonio de Figueroa, un religioso nuestro muy esencial, gran siervo de Dios, verdadero hijo de Santo Domingo, que fué mi maestro de novicios, que le acaecia á este ínclito religioso, siendo como era provincial, salir de casa por la mañana con un bordon á pie, é ir una legua, poco más ó menos, á la Caleta, y estar allí todo el dia en peso hasta la noche, en que se venia al convento, sin comer, y lo que hallaba en el convento era un poco de capado fiambre, porque entonces no se habia multiplicado el ganado nuestro mayor ni menor, que hobiese carnero, ni se comia en la ciudad, y con tanta alegria pasaba este trabajo como si tuviera todo el regalo del mundo. Parecia adevinaba el augmento que nuestro Señor habia de hacer en breve tiempo, de religion, cristiandad y letras, en aquella casa. Despues fué este varon heróico primero obispo de la ciudad de La Plata, aunque no llegó á sentarse en su silla, llevándole la majestad del muy alto primero á gozar de su gloria.
El dia de hoy ya se ha acabado la iglesia con la buena diligencia del maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, aplicando justísimamente todo cuanto puede de los religiosos que se ocupan en doctrinar á los indios, y tan bien acabada, que en Indias ninguna hay mejor: sola una falta se le pone, y sin invidia, que la capilla mayor es pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado.