Todos los hombres de la mar tienen singular devocion á esta imágen y convento; los navios que salen llevan sus alcancías señaladas para pedir limosna para Nuestra Señora, y cuando vuelven acuden con la recogida, con mucho amor. Tiene el puerto abundancia de pescado al verano, que es de Noviembre hasta fin de Abril; luego entran las garúas y hace un poco de frio, y entonces hácense los peces á la mar á buscar abrigo.

[CAPITULO LVII]
DE LOS VALLES QUE SE SIGUEN

Siguiendo la costa adelante al Sur, llegamos luego al valle nombrado Pachacámac, no muy ancho, aunque en partes tiene dos leguas y más de fértil suelo; hay en él muy pocos naturales; las borracheras los han consumido el dia de hoy. A la entrada del valle vemos aquel famoso adoratorio ó guaca, que es un edificio poco menor que el de la guaca de Trujillo, dedicado por los indios al demonio, que les hacia creer era el criador de la tierra, y así llamaron Pachacámac, que quiere decir criador de la tierra. Es fama en esta guaca haber gran suma de tesoro aquí enterrado y ofrecido al demonio. Han algunos cavado en ella, empero no han dado en él, sino sacado plata de la bolsa; es necesaria mucha suma de plata y muchos años para atravesarla. Hoy la vemos casi cubierta de arena que los aires sobre ella han amontonado. A este valle, cinco leguas adelante, se sigue el valle de Chilca, que son unas hoyas naturalmente cercadas de arena, en las cuales se da mucho maíz y demás mantenimientos de la tierra; de nuestras fructas, uvas, higos, granadas, membrillos y melones, los mejores del mundo, y las demás fructas muy sabrosas, porque la tierra pica en salitre. Este valle ni hoyas tienen agua con que se rieguen, ni del cielo ni de la tierra, pero tiene bastante humedad con el agua que por debajo de la tierra se trasmina, la cual es poderosa para que las comidas crezcan, se multipliquen y lleguen á sazon; hállanse en estas hoyas jagüeyes, que son unos pozos poco fondos, con la mano alcanzamos á ellos, de agua salobre; otros, y éstos pocos, de agua un poco mejor que se puede beber y con ella se sustentan los indios y los españoles que por aquí caminan. Para sembrar el maíz usan los indios una cosa extraña: el grano de maíz lo meten en una cabeza de sardina, y así lo ponen debajo de la tierra; es mucha la que da en la costa (donde muy cerca están estas hoyas) huyendo de los peces mayores, si no dan en la costa, tienen cuidado de pescarlas. La costa es abundantísima de pescado, lizas, corbinas, lenguados, tollos y otros. Los indios usan sus balsas de junco como los demás desta costa y valles; puerto ninguno tiene. Los naturales se van consumiendo por la razon en el otro capítulo dicha.

Luego á cuatro leguas se sigue el valle llamado Mara, á quien corrompiendo la r en l llamamos Mala; de mucha y muy buena tierra, con un rio de la mejor agua destos llanos; es rio de oro, de aquí se sacaba cinco ú seis leguas más arriba para el Inga. Dos leguas el rio arriba de la costa está un pueblo pequeño de cien indios casados, poco menos, nombrado Calango, que lo doctrina nuestra Orden. Doctrinándolo un religioso nuestro, llegó á él un indio con una piedra de metal, que la mayor parte era plata, y díjole que él le enseñaría la mina; sábenlo los caciques; este fué indio que hasta hoy no ha parecido, mas entiéndese lo mataron por que no descubriese aquel cerro, y así se ha quedado. El valle es fertilísimo de maíz, trigo y demás mantenimientos, todo acequiado; cultívase poco, respecto de haberse consumido los indios por las borracheras dichas.

Dos leguas adelante, poco más, se sigue el de Acia, ó por mejor decir el de Coaillo; tiene pocos indios, consumidos por lo dicho, y malas aguas. El rio se sume más de seis leguas antes de la mar, y junto á ella revienta en poca agua en una laguna pequeña que se hace cerca del tambo llamado Acia.

Tiene buenas tierras, aunque es angosto de riego. Fueron los indios deste valle ricos de oro, y ellos entre los naturales destos Llanos, los más nobles de condicion; fué muy poblado; ya son pocos.

[CAPITULO LVIII]
DEL VALLE DE CAÑETE

Prosiguiendo la costa adelante, á siete leguas andadas entramos en el valle ancho y fertilísimo, llamado Guarco, de los indios, y de nosotros Cañete, por un pueblo que en él se fundó llamado Cañete, de españoles, respecto del marqués de Cañete el viejo, de laudable memoria, que fué quien le mandó poblar; tiene puerto, aunque no muy seguro. Las tierras deste valle son muy apropiadas á trigo, maíz, y es cosa no acreedera lo que acude por hanega. Son bonísimos para viñas, olivares y para los demás árboles frutales y mantenimientos, así de la tierra como nuestros; no tiene rio que por medio del corra; riégase con dos acequias sacadas desde el tiempo de los Ingas, grandes, del rio de Lunaguaná, y el agua es buena; es abundante de ganados nuestros y de crias de mulas muy buenas; aquí no hay uno ni algun indio natural; tiene una fortaleza que guarda el puerto fácilmente. El pan de aquí es de lo bueno del orbe, por lo cual ya es proverbio: en Cañete toma pan y vete, porque como no hay servicio de indios en el meson y muy poco recado para los caminantes, no se puede parar mucho en el pueblo. Parte términos con este valle otro (yo lo he atravesado) de más de tres leguas de ancho y siete de largo, todo acequiado, de fertilísimo suelo, si lo hay en el mundo: el cual no se labra por se haber perdido una acequia con que todo se regaba, que hizo sacar el Inga á los naturales, del rio de Lunaguaná. Derrumbóse un pedazo de una sierra sobre ella y cojó la toma, y nunca más se ha abierto, que si se abriese, sólo aqueste valle era poderoso á sustentar la ciudad de Los Reyes de trigo é maíz; y aunque algunos Virreyes han pretendido desmontar la toma, no se atreven por ser necesarios más de 50.000 pesos. Yo conozco quien daba órden cómo se sacase el acequia, limpiase y desmontase, sin que á Su Majestad, ni á indio, ni á español le costase blanca, aunque se gastaran 100.000 pesos, y era ésta que el Virrey, la renta de los indios que vacasen y se habian de encomendar en beneméritos, como su Majestad lo manda, que encomendase los indios, pero que la renta de un año ó dos la aplicase para esta obra, y desta suerte juntara la cantidad de plata necesaria, y al encomendero no se le hiciera muy pesado, porque como habia estado años sin encomienda, teniéndola ya cierta, y la posesion, de muy buena gana la tomara, y dos años en breve se pasan, y cuando esto se quisiese moderar, para que el encomendero tuviese con qué comer, le diesen el tercio ó cuarto de la renta; lo demás, se aplicase para la dicha acequia.

Tratóse este medio con el ilustrísimo señor arzobispo destos reinos, y parecióle bien; tratólo con don Martin Enriquez, á la sazon Visorrey, y aunque no le pareció mal, respondió que las mercedes que habia de hacer en nombre de Su Majestad no las queria aguar con aquella carga, y fué respuesta de ánimo generoso, y correspondiente á la magnanimidad de nuestro católico rey, y así se quedó hasta hoy, y se quedará si este medio no se toma, porque no hay hombre á quien, aunque le den todo el valle por suyo, se atreva á gastar tanta plata, y desta suerte se desmontaba y abria la acequia, y sacada, cuando su Majestad quisiera vender aquellas tierras, sacara mucha más plata, lo cual es necesario hacerse, porque la gente se va multiplicando, y todos nos habemos de ocupar en cavar y arar, y que á los que se les hiciese merced, con esta carga la tomarian. Es cierto yo conocí un pretensor y benemérito en este reino que vacando un repartimiento lo pidió con esta condicion: que por cinco años los tributos se cobrasen para Su Majestad, y pasados fuesen suyos; dióselo el conde de Nieva, pasáronse los cinco años y él vivió gozando su renta más de otros quince, y á muchos pareció disparate; pues con esta condicion pidió estos indios, mejor los aceptara el que se los dieran por un año ó dos con esta carga, y es así que desde este tiempo acá, digo desde que se trató deste medio, han vacado muchos y muy buenos repartimientos, con que se hobiera sacado la acequia aunque se gastaran en ella ducientos mil pesos; á dicho de los oficiales no son necesarios 60.000.