El valle de Lunaguaná, por donde pasa este rio, dista un poco más la tierra adentro cuatro leguas deste valle; es angosto pero abundante de mucho y muy buen vino, y frutas nuestras y de la tierra; aquí se han conservado los indios un poco más que en los otros valles; con todo eso se van apocando.

[CAPITULO LIX]
DEL VALLE DE CHINCHA

Síguesele á este valle de Lunaguaná el de Chincha á pocas leguas, muy ancho y espacioso, sino que le falta agua. Cuando los españoles entraron en este reino habia en él 30.000 indios tributarios; agora no hay seiscientos, y porque no tiene agua suficiente para que todos pudiesen labrar la tierra, el Inga señor destos los tenia repartidos desta suerte: los 10.000 eran labradores, los diez mil pescadores, los 10.000 mercaderes. Los pescadores no habian de labrar un palmo de tierra: con el pescado compraban todo lo que les era necesario para sustentar la vida. Los labradores no habian de entrar á pescar: con los mantenimientos compraban el pescado, y entre estos labradores habia algunos oficiales buenos plateros, y el dia de hoy han quedado algunos. Los mercaderes tenian licencia de discurrir por este reino con sus mercadurias, que las principales eran mates para beber, muy pintados y tenidos en mucho, hasta la provincia de Chucuito, que en el Collao no se habia de entremeter el uno en el oficio del otro, no debajo de menor pena que de la vida. Con este concierto se sustentaban en el valle tanta cantidad de indios varones con sus casas, que por lo menos, chicos é grandes, habian de ser más de 100.000; el dia de hoy no se hallan en él 600 indios casados, lo cual causa mucha compasion; la disminucion han traido las borracheras; son dados mucho á ellas, las cuales les abrasan las entrañas; particularmente hacen la chicha de maíz entallecido, que es puro fuego, y no se contentan con ella, sino águanla con vino nuevo; añaden fuego á fuego, y borrachos caen en el suelo; pasa el fervor del sol por ellos, calor en el cuerpo, exterior; fuego en las entrañas, interior, háceselas ceniza; mueren los más súpitamente, y desta suerte se han acabado y consumido y los pocos que quedan se consumirán. Acuérdome que tratando con un Oidor de Su Majestad que se pusiese algun remedio y castigo en esto, respondió que no habia leyes de emperadores, ni de los Virreyes de España, que á los borrachos diesen castigo, ni se señalase. Fundados los que gobiernan en esto, no se ha puesto remedio en cosa que tanto convenia, y es de tal manera el menoscabo de los indios en todos los valles de los Llanos, que de aquí á pocos años no habrá algunos, ni se caminará por ellos.

Los indios deste valle les ha cabido en suerte por la mayor parte religiosos nuestros varones muy esenciales que les doctrinasen, y entre ellos dos grandes siervos de nuestro Señor, y aun tres: el primero el maestro fray Diego de Santo Tomás, de quien habemos comenzado á tratar, que en este valle doctrinándolos gastó lo mejor de su vida con admirable ejemplo y obras y despues fué primer obispo de los Charcas. El segundo fray Melchior de Los Reyes, varon, cierto, apostólico, gran siervo de Dios, libre de todo vicio, que es contrario á la predicacion del Evangelio; paupérrimo, castísimo, abstinentísimo, varon de grandes partes. El tercero, el venerable fray Cristóbal de Castro, el cual, aunque no era tan docto como los dos referidos, no le hacian ventaja en religion y caridad para con los indios; todos tres grandes lenguas. A este padre fray Cristóbal, cuotidianamente, y aun hasta que murió el ilustrísimo fray Hierónimo de Loaysa, porque conocia la entereza de su vida, le ocupaba en visitar todo su arzobispado, por lo cual los indios le llamaban el hermano del señor arzobispo; todos tres acabaron loablemente. Otros religiosos han tenido los indios deste valle, pero no de tanto nombre. Pero paréceme se puede arguir diciendo: si estos indios tuvieron religiosos tan esenciales, ¿cómo se hizo tan poco fruto en ellos? á esto responderé dos cosas: la primera, que estos indios y todos los demás reciben muy mal las cosas de la fe, y esto por sus pecados y por los nuestros, y como es gente que se ha de gobernar con mucho castigo, faltándoles el gobierno del Inga, que por muy leves cosas mataba á los delincuentes é inocentes, gobernándolos como á hombres de razon y políticos, no viendo el castigo, no acudian sino cual ó cual cosa de virtud; y para confirmar esto diré lo que pasó al padre maestro fray Domingo de Santo Tomás en la ciudad de Los Reyes. Este padre maestro, siendo provincial fué á España á un capítulo nuestro general, donde todos los provinciales se habian de hallar; volvió; llegado á nuestro convento de Los Reyes viniéronle á ver muchos indios de los de Chincha, de los principales. A uno dellos preguntóle la doctrina; no la supo, ó no quiso responder; díjole el padre maestro: Pues cómo, ¿no te enseñé yo la doctrina cristiana, y la sabias muy bien? respondió el indio: Padre, enseñándosela á mi hijo se me ha olvidado. He dicho esto para que se vea la calidad desta gente.

Lo otro es lo que acabé de decir, que como les faltó el rigor y castigo del Inga, facilísimamente se vuelven á sus malas costumbres y inclinaciones, y borracheras, y no hay otro Dios sino su vientre, y mientras no se les castigare con mucho rigor, no se espere enmienda, sino su total disminucion y destruicion, y lo mismo, aunque no tanto, en los indios de la Sierra.

Los indios, particularmente los señores, eran riquísimos de oro, y los que agora son señores, creo lo son: tiénenlo enterrado, y hay en este valle muchas guacas en algunas de las cuales españoles han cavado, mas han sacado dellos tierra y plata de la bolsa. Cuando andaba la grita dellas, como arriba dijimos, un curaca, el principal deste valle de Chincha, dijo al padre fray Cristóbal de Castro (teníanle en gran veneracion por su cristiandad y ejemplo), que si queria, le daria tanto oro y plata que cargase un navio; el buen religioso díjole: un hábito roto me basta, sácalo para ti y para tus hijos, que eso es vuestro, é yo no lo truje de Castilla, ni me es necesario; y por importunacion del curaca no quiso recibir más de un cáliz de oro para la iglesia, el cual tiene hoy, y es el primero que vi en este reino, bastante argumento de su ninguna cobdicia; si lo sacaron ó no, no lo sé; lo más cierto es hasta hoy estar enterrado y oculto.

A cinco ó seis leguas llegamos al valle de Yumay, de las mismas calidades del de Chincha, no tan espacioso; no fué tan poblado, y en él hay muy pocos naturales; pasa por él un rio caudaloso, que pocas veces se vadea.

[CAPITULO LX]
DEL VALLE DE PISCO

Seis leguas adelante llegamos al valle de Pisco, ancho y espacioso, con puerto y agua bastante, sacada en acequias del rio de Yumay; fué poblado de muchos indios; hanse consumido como los demás de los Llanos y por las mismas razones. Es abundante de todo mantenimiento y de muchas heredades, donde ya casi está fundado un pueblo de españoles; abunda tambien en pescado; entre este valle y el de Ica puso Dios aquellas hoyas que llamamos de Villacori, muy mayores que las que dijimos haber en Chilca, donde se da mucho vino, granada, membrillo, higos, melones y demás fruta, sin riego alguno, ni del cielo ni de la tierra; hay en estas hoyas algunos jagüeyes de agua razonable, porque por la mayor parte es salobre; vemos aquí hoyas donde se plantan 4.000 cepas, y es cosa de admiracion que en medio de unos médanos de arena muerta pusiese Dios estas hoyas tan fértiles. En estos arenales de Villacuri desbarató el tirano Francisco Hernandez Giron al capitan Lope Martin, y es fama algunas noches oirse pífanos y atambores y grita de batalla, tropel de caballos con cascabeles, que pone no poca grima.