Hase augmentado mucho esta ciudad; reside en ella la Audiencia real; tiene muchos indios en su comarca, y las tierras muy abundantes, los campos llenos de ganados mayores y menores, de donde hasta la ciudad de Los Reyes, que son más de trescientas leguas, traen ganado vacuno, y aun carneros.

Lo que han multiplicado yeguas y caballos parece no creedero. Hay fundados en esta ciudad conventos de todas órdenes y un monasterio de monjas.

Nuestros religiosos tienen provincial por sí, y los del glorioso San Francisco, divididos desta provincia del Perú; los padres de San Agustin y Teatinos, subjectos á los provinciales de Los Reyes.

El convento del seráfico San Francisco fué el primero, y la ciudad se fundó el dia de San Francisco, por lo cual se llama San Francisco de Quito.

Esta sagrada religion, como más antigua, comenzó á doctrinar los naturales con mucha religion y cristiandad, donde yo conocí á algunos religiosos tales, y entre ellos al padre fray Francisco de Morales, fray Jodoco y fray Pedro Pintor. El sitio del convento es muy grande, en una plaza de una cuadra delante dél, á donde encorporado con el convento tenian agora cuarenta y cuatro años un collegio, así lo llamaban, do enseñaban la doctrina á muchos indios de diferentes repartimientos, porque á la sazon no habia tantos sacerdotes que en ellos pudiesen residir como agora; demás de les enseñar la doctrina les enseñaban tambien á leer, escribir, cantar y tañer flautas; en este tiempo las voces de los muchachos indios, mestizos, y aun españoles, eran bonísimas; particularmente eran tiples admirables.

Conocí en este collegio un muchacho indio llamado Juan, y por ser bermejo de su nacimiento le llamaban Juan Bermejo, que podía ser tiple en la capilla del Sumo Pontífice; este muchacho salió tan diestro en el canto de órgano, flauta y tecla, que ya hombre lo sacaron para la iglesia mayor, donde sirve de maeso de capilla y organista; deste he oido decir (dése fe á los autores) que llegando á sus manos las obras de Guerrero, de canto de órgano, maeso de capilla de Sevilla, famoso en nuestros tiempos, le enmendó algunas consonancias, las cuales venidas á manos de Guerrero conoció su falta. Esto no lo decimos sino por cosa rara, y porque no ha habido otro indio semejante en estos reinos.

Combaten á esta ciudad, y toda su comarca, grandes y violentos temblores de tierra, á causa de que la ciudad á la parte del Septentrion tiene uno ó dos volcanes, y el uno dellos que casi siempre humea; toda aquella provincia tiene muchos, tantos, que en lo restante del Perú no se ven sino cual ó cual allí á cada paso. Los años pasados, debe hacer 23 ó 24, salió tanta ceniza deste volcan cercano á la ciudad, que por algunos dias no se via al sol, y el pueblo, campos y pastos llenos de ceniza, por lo cual todos los ganados se venian á la ciudad á buscar comida bramando. Hiciéronse procesiones y de sangre; fué Nuestro Señor servido proveer de algunos aguaceros que limpiaron la ceniza, y se descubrió la yerba para el ganado. En este tiempo la ciudad era combatida de frecuentes temblores y muy recios, de tal manera que pensaban ser las señales últimas del dia del Juicio; reventó este volcan, y declinó á la mar del Sur; arruinó algunos pueblos de indios y se los llevó el agua que salió dél, y porque por esta parte del Septentrion no dista muchas leguas el volcan, de la mar del Sur, hacia el paraje de Puerto Viejo, bahia de Caraques y de San Mateo, alcanzó parte desta ceniza, que el viento la llevaba, y en alta mar en el mismo paraje los navios que en aquella sazon navegaban viniendo de Panamá á estos reinos, veian la claridad de la lumbre del volcan.

Oí decir á persona fidedigna que entonces se halló en Quito, que salieron muchas personas, y entre ellas ésta, á ver una laguna junto al volcan, que ardia como si fuera de tea.

El edificio de la iglesia mayor es de adobe, la cubierta de madera muy bien labrada; labróla un religioso nuestro, fraile lego, de los buenos oficiales que habia en España. En medio de la plaza hay labrada una fuente muy buena y de muy buena agua, y en la plaza de San Francisco otra; las casas para sus huertas no tienen necesidad de acequias; el cielo les da abundantes pluvias, y á las veces no querrian tantas.