[CAPITULO LXX]
DE LA PROVINCIA DE LOS QUIJOS
A la parte del Sur desta ciudad demora la provincia llamada de los Quijos, ó por otro nombre de la Canela, por se hallar en ella y de allí se trae ya por estas partes tan buena y mejor que la que viene de la India, porque, como más fresca, pica y quema más. Hay en esta provincia tres ciudades de españoles; es tierra cálida y lluviosa, y en ella un rio muy grande; los indios no son tan bien agestados como los de por acá; es gente pobre; los años pasados, gobernando don Francisco de Toledo, al fin de su gobierno se quisieron alzar y lo hicieron; mataron algunos españoles, y creo dos religiosos nuestros; estaban concertados con los de Quito, y si no se descubriera el alzamiento en Quito, fuera el daño muy mucho mayor, y cómo en Quito se descubrió fué desta manera: para el servicio de las ciudades hay señalados indios que se reparten tantos en número como jornaleros, porque sin esto no se podrian sustentar las ciudades; señálaseles por cada dia un tanto por su trabajo, que se les paga infaliblemente; estos indios repártense por los repartimientos, rata por cantidad, y vienen á sus tiempos algunos curacas de los menos principales, á los cuales si algunos de los indios jornaleros faltan, ó se huyen (no los pueden tener atados), les echan los corregidores ó alcaldes en la cárcel, y veces azotan y trasquilan (si es bien hecho ó mal esto, no me entremeto en ello); sucedió que á uno destos curacas le faltaron ó se le huyeron parte de los que habia de dar, la justicia envióle á llamar con un indio lengua; trújole; el pobre curaca veníase afligiendo, temiendo los azotes y cárcel; el indio lengua, que le llevaba preso y sabia del alzamiento, consolóle diciendo: No tengas pena, que para tal dia nos habemos de alzar y matar todos estos españoles y quedaremos libres, y los Quijos han de hacer lo mismo; sucedió (Nuestro Señor lo ordenó así) que iban en pos de los indios acaso dos españoles, á los cuales no vieron los indios; oyeron y entendieron lo que el indio lengua dijo; callaron su boca y fueron siguiendo los indios; llegados delante de la justicia, declararon lo que oyeron; la justicia prende al indio, pónele á cuestion de tormento, declaró la verdad, y los conjurados; hicieron[27] justicia de algunos; á los Quijos no pudieron avisar por ser corto el tiempo. Los Quijos, no sabiendo lo que pasaba en Quito, y entendiendo que no faltarian, alzáronse al dia señalado, y hicieron el daño que habemos dicho. Pero castigáronlos, y el dia de hoy sirven pacíficos como antes.
[CAPITULO LXXI]
DE RIOBAMBA Y TUMIBAMBA
Saliendo de la ciudad de Quito, por el camino real del Inga, para venir por acá arriba, á 25 leguas desta ciudad llegamos al valle llamado Riopampa, antes del cual hay cinco pueblos de indios, buenos. Este valle no tiene una legua de largo, poco más; de ancho no alcanza á media legua; no era poblado de indios, pero muy fértil de pastos para ganados; aquí comenzaron dos ó tres españoles que conocí en él á hacer sus estancias de ganados; multiplicaban admirablemente, lo cual visto por otros, se metieron en él, y agora es un razonable pueblo de españoles, rico de todo género de ganados y de trigo; es falto de leña, y algun tanto destemplado, porque hace frio; en el mismo asiento del pueblo nacen unos caños de agua buena, que como sale debajo de tierra son templados.
En este valle y pueblo (creo gobernando don Francisco de Toledo) andaba un hereje luterano, extranjero, en hábito de pobre y sustentábase de limosnas que como á pobre le hacian, y en este estado vivió tres ú cuatro años, que sin duda debia esperar algunos otros de su secta, y como se tardaron, un dia de fiesta, estando la iglesia llena de gente oyendo misa, el impio luterano arriba, junto á la peana del altar mayor donde el cura decia misa, así como el sacerdote consagró la hostia y la levantó para que el pueblo, consagrada, la adorase, se levantó, y con un ánimo endemoniado la quitó con sus manos sacrílegas de las manos del sacerdote y la hizo pedazos; echando mano á un cuchillo carnicero que tenia escondido, creo hirió livianamente al sacerdote; el pueblo, viendo esta maldad sacrílega, admirado, los que se hallaron más cerca se levantaron, las espadas desnudas, y llegando al luterano le dieron de estocadas y mataron, sin advertir que fuera muy mejor cogerle vivo á manos y echalle en una cárcel á muy buen recaudo y dar aviso á los inquisidores que residen en la ciudad de Los Reyes, para que supieran dél qué fué la causa de su hecho endemoniado y si por ventura habia otros como él en el reino; empero en semejante caso ¿qué católico puede tener reportacion?
Otras 25 leguas adelante entramos en el valle, muy espacioso y abundante, llamado Tumipampa, donde ningunos naturales dejó el Inga, porque cuando iba conquistando estos reinos, llegando aquí le hicieron mucha resistencia; pero, vencidos, á los que dejó con la vida, que fueron pocos, los trasportó por acá arriba. En el valle de Jauja, que dista deste mas de 300 leguas, puso algunos pocos, descendientes[28] destos; llámanse Cañares, y este valle está casi en medio de la provincia. Corren por él dos ríos en tiempo de aguas, grandes, y no distando mucho el uno del otro; en el uno se crian peces, en el otro ninguno.
Antes de llegar á este valle, una jornada ó dos, vivia, con un apacible asiento, el señor desta provincia de los Cañares, en su pueblo formado, el cual, cuando Guainacapac, que fué el más poderoso señor destos reinos y penúltimo dél, conquistaba la tierra, llegando aquí los Cañares le vencieron en batalla campal y prendieron, é preso lo pusieron en un pozo poco hondo; yo he visto el lugar; de donde, sacándole una mujer suya con una faja que las indias se ceñian, llamada chumbi, de noche, los Cañares, borrachos, le puso en libertad; volvió á rehacerse y vino con tan poderoso ejército sobre esta provincia, que, no se hallando los Cañares poderosos para resistirle, le inviaron 15.000 niños con ramos en las manos, pidiendo paz; el cual á todos los mandó matar, y haciendo grandes crueldades y muertes á los Cañares despobló este valle Tumipampa, y al pueblo del gran señor de los Cañares, que era el principal, donde le tuvieron preso, le dejó con tan pocos indios, que, agora 43 años, no eran ochocientos los vecinos, y al presente tienen muchos menos.
Son estos Cañares hombres muy belicosos y muy gentiles hombres, bien proporcionados, y lo mismo las mujeres; los rostros aguileños y blancos; son muy temidos de todos los indios del Perú, y grandes enemigos de los Ingas; sucedió así: que cuando se alzó toda la tierra contra los españoles, á pocos años despues de conquistada, y muerto el señor della, Atabalipa, tuvieron los indios serranos y Ingas cercada la ciudad de Los Reyes, y en no poco estrecho, y en el valle de Jauja mataron más de treinta españoles, y en otras partes los que podian haber, y al Cuzco tambien cercaron: un vecino, de Quito (conocílo), llamado el capitan Sandoval, encomendero, si no de toda esta provincia, de la mayor parte della, sabiendo el aprieto en que estaban los nuestros, juntó cuatro ó cinco mil indios Cañares y vino en favor de los españoles. Púsose en camino con ellos, y prosiguiéndolo, sabido por los indios cercadores que venian los Cañares contra ellos, alzaron el cerco, y los cercados, saliendo contra ellos, les hicieron volver á sus tierras, y desde entonces hasta hoy no se han atrevido á se rebelar, aunque lo han procurado.
El dia de hoy, donde hay fuera de sus tierras Cañares, las justicias se sirven dellos así para prender indios fugitivos como españoles facinorosos; sácanlos de rastro, aunque se metan en el vientre (como dicen) de la ballena.