Esta provincia tiene muchos árboles de la tierra, fructales, más que Tucumán, y mejor madera para las casas, y el temple, como el rio va declinando más á la mar, se va subiendo á este nuestro polo, y así es más fresco. Sancta Fe está en treinta grados y Buenos Aires en treinta y siete, donde yela y nieva como la altura lo pide.
[CAPITULO LXIX]
DEL PUERTO Y PUEBLO DE BUENOS AIRES
El puerto de Buenos Aires, de pocos años á esta parte se ha tornado á poblar, respecto de la contratacion que hay del Brasil con el Rio de la Plata y Tucumán; dicen distar de la boca del rio treinta leguas, ó pocas menos. No tiene servicio de indios, que si lo tuviera hobiera crecido mucho, y por esta razon se despobló este pueblo de Buenos Aires lo mismo que la fortaleza llamada de Gaboto. Tiene el rio por aquí más de tres leguas de ancho, y la boca más de diez; cuando se despobló no pudieron los españoles traer consigo particularmente los caballos y yeguas sin que dejasen algunos.
Este ganado se ha multiplicado tanto en aquellos llanos que á los chapetones les parece montañas de árboles, y así cuando caminan y no hay un arbolillo tamaño como el dedo paraleno, viendo las manadas dicen: ¿Pues aquella no es montaña? vamos allá á cortar leña, y son las manadas de los caballos y yeguas. Salen á caza dellos como á venados; están gordos, que al primer apretón quedan estancados; á los que son potros atan, doman y hácenlos caballos; he visto en Córdoba muy buenos caballos destos. Pero con ser este paraje á su tiempo muy frio se crian muchas víboras. Los venados en todo el Rio de la Plata son muy grandes y no de menores aspas; las pieles curan y hacen dellas cueras que parecen de ante, y algunos por de ante las venden. En el camino de Córdoba á Buenos Aires, y desde Santa Fee por tierra, es necesario ir muy apercebidos de armas y arcabuces, y en las dormidas velarse, porque salen algunas veces indios cazadores de venados, y fácilmente se atreven contra los nuestros; sus armas son arco y flecha, como los Chiriguanas, y demás desto usan de unos cordeles, en el Perú llamados aillos, de tres ramales, en el fin del ramal una bola de piedra horadada por medio, por donde entra el cordel; estas arrojan al caballo que va corriendo, y le atan de pies y manos con la vuelta que dan las bolas, y dan con el caballo y caballero en tierra, sin poderse menear; destos aillos usan para los venados; pónense en paradas, y como va el venado corriendo lo ailla fácilmente.
De la otra parte del rio hay una provincia de indios llamados Charrucas, no muy bárbara en algunas cosas; son hombres que guardan palabra y quieren se le guarde. Traen continuamente guerra con otros indios comarcanos Chiriguanas, aunque no caribes, y la guerra es sobre las comidas. Los Chiriguanas no labran la tierra, sino cuando están maduras las sementeras júntanse en cantidad, y con mujeres y hijos cogen lo que no sembraron. Los Charrucas, de un navio que dió á la costa en la cual habitan, cativaron á dos españoles, uno ya hombre y otro muchacho, que con su padre venia, de edad de ocho años. Los demás todos perecieron en la costa y se perdieron con los demás navios en que venia por marqués Juan Ortíz de Zárate, de una tierra que prometió descubrir muy poblada al rey Felipe Segundo, de inmortal memoria, el cual antes que cumpliese lo prometido murió cerca de Buenos Aires en una isla llamada Santa Caterina, por lo cual no cumplió lo prometido, ni cumpliera, por no haber las poblaciones que imaginaba. El marqués Juan Ortíz de Zárate fué vecino de la cibdad de La Plata, á quien conocí en el Perú cuando se iba á España muy rico, á donde llegó en salvamento, y llegado á corte trató hacer este descubrimiento, con que Su Majestad le hiciese gobernador del Rio de la Plata y marqués de más de 30.000 indios que habia de conquistar, y poblar tres ó cuatro cibdades á su costa. Empero, como fué edificio sobre arena, ó por mejor decir, imaginacion, así paró todo. El muchacho arriba dicho, ya hombre de 22 años, poco más, me dijo lo que referiré, al cual hallé quince leguas de Santiago del Estero, cuando yo iba á Córdoba, y le llevé comigo dándole de comer y caballo hasta aquella cibdad. El pobre muchacho cautivo servia á su amo de traerle leña, agua, trabajar en la chácara y en lo que le mandaba.
Desta suerte sirvió más de catorce años, ó pocos menos; certificóme que hasta entonces sus amos convidándole con mujeres, y aun con sus hijas, Nuestro Señor le habia hecho merced que con infiel no se habia ensuciado ni con otra. Este, viendo el daño que los Chiriguanas (nombraba la nacion, que no me acuerdo, por eso los nombro Chiriguanas) hacian, un dia que todos los más de los Charrucas estaban muy tristes porque los otros indios les habian llevado las comidas, dijo que si le daban licencia él vendria á Buenos Aires y pediria favor á los españoles, los cuales lo darian luego, y con ellos se podian vengar y destruir á sus enemigos; sobre esto hubo entre los Charrucas muchos dares y tomares, y los más eran de parecer no le diesen licencia; finalmente se la dieron y él les dió su palabra de volver á su amo pasado el invierno, porque estaba desnudo y habia de buscar con qué vestirse. Salió á Buenos Aires; trató con el capitan y cabildo á lo que venia; prometiéronle al tiempo favor, y con esto despachó á dos indios que con él vinieron, tornando á dar su palabra que con los españoles ó sin ellos, teniendo salud, no dejaría de volver. En Buenos Aires no halló cómo vestirse; venia á Santiago del Estero á buscar limosna para su vestido, y encontrándole yo le persuadí se volviese conmigo, pues sabia el camino, que yo le ayudaría de mi pobreza y le haria la costa; hízolo así, y vino conmigo hasta Córdoba, y es cierto que le persuadia yo, si no habia jurado (decia que no) que se quedase por acá, y siempre me dijo no dejaría de volver, ó con los españoles, ó sin ellos, porque entre aquellos indios es gran falta faltar la palabra, y más porque á los de Buenos Aires les convenia tener amistad con los Charrucas, y desde Córdoba en la primera ocasion se volvió; lo que ha subcedido no lo sé, y preguntándole de cosas particulares de aquellos indios, me decia que los viejos de cuando en cuando junctaban los mozos y les avisaban no hiciesen agravio ni mal á nadie, no fuesen holgazanes y viviesen de su trabajo. Es entre estos indios gran maldad el adulterio; empero conciértanse con el marido, y fácilmente da licencia á su mujer que vaya á servir por tantos dias al que se la pide; esta es mucha ceguera, y no nos habemos de espantar que hombres sin lumbre de fe no tengan el adulterio, con esta condicion, por[49] pecado, ni infamia.
[CAPITULO LXX]
DE LA PROVINCIA DE CUYO, EN TÉRMINOS DE CHILE
De la cibdad de Córdoba al primer pueblo de españoles del reino de Chile, desta parte acá de la cordillera, llamado Mendoza, hay cien leguas tiradas, todas despobladas y llanas, camino carretero, en el cual hay algunos rios, al tiempo de las aguas, grandes. Al rio de Córdoba llaman el Primero; al que sigue, Segundo; al otro, Tercero; al otro, Cuarto, y al último, Quinto; Tercero, Cuarto y Quinto son de bonísimas aguas. El Tercero y Cuarto, poblados de indios apartados del camino real, llamados Comechingones, bien dispuestos y valientes, subjetos á la cibdad de Córdoba; sirven cuando quieren; cuando no, izquierdean. En los términos desta cibdad, á lo menos. Cuando yo pasé por ella, no habia más sacerdotes que un cura clérigo, y un fraile de San Francisco en su conventillo, gran conjurador de nublados; los indios subjectos no sabian qué cosa era Ave Maria, ni Pater noster.