Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.

De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno, mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras; hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado, tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.

—Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo, y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.

—Sí, sí; ya sé: la de Blanco.

—¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así, en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?

—Sí; eso cambia...

—Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan. Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser electo diputado—agregué, repitiendo un viejo argumento.

—Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...

—¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso, ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más, Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?

Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa sólo podía interpretar la frase de este modo: