—Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...
—Váyase tranquilo—murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...
X
Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite, pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.
Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un principio—cuando el duelo con Vinuesca,—y pude convencerme después de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino? Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión, conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español, y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades! Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más que si pasara inadvertida.
Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas, hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.
Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad, escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor para ellos!
En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias». Lo cierto es, por una parte—ya lo saben ustedes,—que no las he desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político! ¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias», en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse sencillamente en ridículo?...
Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.
—Muchos hay—me dijo,—que no creen ciegamente en los sagrados misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia» que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se sienten desgraciados—así debe decirse,—porque les falta la inefable satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.