Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda duda. Veneraba la iglesia—había dado pruebas de ello,—pero se me hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba en el susodicho «estado de gracia».
¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?—preguntó campechanamente el padre Arosa.
—¿Cómo dice, padre?
—¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse, mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción, se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está contra él.
—¡Santas palabras!—exclamó misia Gertrudis.—¡Con razón le dicen «pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer hasta que no vea cerca su última hora.
—¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero eso no quiere decir que sea un hereje.
—No. No es el caso—repuso fray Pedro.—La herejía es otra cosa muy distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente, ¡quién lo sabe! á la celestial medicina.
—Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama, me traerá la paz y la felicidad.
—Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.
Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él. París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba, desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del demonio...