—Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. Ego te absolvo, in nómine...
La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya todo el mundo estaba acostumbrado á él.
Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación nacional quedaba abierto y sin obstáculos.
XI
Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida. Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve con fray Pedro Arosa.
—¿Ha oído usted hablar—me preguntó una tarde,—de un proyecto de ley de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente está dispuesto á apoyarlo?
—No lo creo—repliqué.—El Presidente debe tener en la actualidad otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...
—¡Pues, ni como tanteo!—gritó el padre Arosa.—Los «tanteos» preparan las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente! Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión, esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto, abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad, el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es, hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...
—Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más resuelto—dije con unción.
—¿Aunque el Presidente lo apoye?